martes, septiembre 04, 2007

Paseo de la Castellana

Calor, humo, ruido de coches, el caos de la ciudad me envuelve mientras me dirijo a la plaza de Colón. Un kilómetro más, si el dolor del pie me lo permite, y podré coger el autobús. Sólo llevo 10 minutos y ya me arrepiento de haber puesto a prueba mi resistencia.

El sol se cuela entre las hojas del bulevar. Voy de mancha dorada en mancha dorada, cruzando un río de tierra.

El semáforo empieza a parpadear unos metros más adelante y por un momento olvido el tendón de Aquiles y me lanzo a correr hasta que noto un chasquido y un dolor lacerante. Empiezo a cojear, tendré que coger el autobús antes de tiempo. Un cruce más y se acabó la marcha.

En éste no hay semáforos, sólo un par de filas de coches nerviosos rugiendo y pitando. El ejecutivo del BMW parece que va a tener un ataque. Tiene la cara roja como la grana y suda sin parar.

Entonces la veo, una madre sentada al volante con su hija detrás. Es joven, no creo que llegue a 35 y no parece agobiada como los demás conductores. Ella me ve intentando sortear los coches y me sonríe. Su mano se levanta en un leve gesto de saludo. No la conozco, estoy segura, pero tengo que sonreírle de vuelta, es inevitable. Su mirada me sigue mientras zigzagueo, y el pie ha dejado de doler

viernes, mayo 25, 2007

El soplo en el corazón

EL SOPLO EN EL CORAZÓN

Las noches de Cabiria

No me gusta ir sola al cine. Ya lo sé, todo está oscuro y tienes que fijar toda tu atención en una pantalla, pero me siento mejor si tengo el calor de la compañía compartiendo una historia. Tengo cuarenta y dos años y muchas inseguridades por resolver de las que soy demasiado consciente. Cuando entro en la sala voy encogida, como intentando esconderme para que nadie me vea, abrumada por la vergüenza de la soledad.

Esta tarde la Cabiria de Fellini me sonríe desde las cristaleras de la entrada, vestida de rojo bajo las luces de un foco. No es una foto, sino un dibujo, quizás incluso una caricatura. Una prostituta ingenua y patética, eternamente abandonada y despreciada y que a pesar de todo siempre consigue levantarse con la fuerza de su imaginación. Y pese a la tristeza que siempre me invade al ver esa película, no puedo evitar sentir envidia por esa esperanza inquebrantable, aunque esté profunda y escondida, como los posos del café.

Mesas separadas

Tarde de domingo, fría y lluviosa. El cielo pesa como el plomo sobre mi cabeza, asfixiante. Necesito evasión y compañía, aunque sea en la oscuridad de terciopelo rojo con aroma de ambientador barato. Hoy en el cine de reestreno toca clásico en blanco y negro de nuevo, personajes solitarios y mentes estrechas. Hombres y mujeres respetables que esconden secretos, puritanos intolerantes y prejuicios pacatos.

No puedo evitar escrutar disimuladamente a los que se sientan a mi lado. Y ahí estás, rígido y serio, vestido con chaqueta y pantalones informales pero tan solemne como si llevaras chaqué, con un aire al David Niven de la pantalla, digno y vulnerable, y me pregunto si tú también serías capaz de tocarme en la impune oscuridad.

Los pájaros

El miedo a lo incomprensible. El caos inexplicado que provoca un escalofrío en la espina dorsal. Una descarga de adrenalina durante dos horas y la esperanza de que todo sea ficción al salir del cine, que los pájaros no se hayan rebelado contra la estúpida humanidad. Hoy has vuelto, al mismo sitio, un mes después. Y a pesar de que con toda seguridad todos en la sala ya conocemos la película, sigues sin pestañear las aventuras de la rubia protagonista, estilizada y elegante como no seré jamás.

Aprovecho cualquier sobresalto para rozarte con mi mirada. Tu nariz es ligeramente aguileña y la tensión hace que muerdas ligeramente tu labio inferior. La desazón me aprieta el estómago, ¿es razonable este interés por alguien que nunca te ha dirigido la palabra?

Blade Runner

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Pregunta errónea. Los recuerdos se fabrican y se almacenan pero no se puede fingir o recrear la magia onírica. Los sueños te hacen humano. Esa es la cuestión y ése es mi problema. Sueño contigo desde hace semanas, con esa forma de guiñar los ojos cuando la película te pone nervioso o de moverte y suspirar cuando te aburres. Mi imaginación crea escenarios imposibles.

Pero hoy algo ha cambiado, y como el mundo futurista de los dos protagonistas deja de ser lluvioso y negro mientras desaparecen por una carretera que serpentea entre bosques hacia el día luminoso, salgo ligera del cine porque me has sonreído al salir.

Desayuno con diamantes

Nunca seré capaz de pasear por la Quinta Avenida sin pensar en Audrey Hepburn inmaculadamente perfecta de negro Givenchy, mirando el escaparate enjoyado de Tiffany´s después de una noche de fiesta como tantas otras. Enormes gafas de sol y un café en vaso de cartón, el resumen de la sofisticación. Y cómo un callejón repleto de cubos de basura podía convertirse en el más acogedor de los rincones cuando Holly Golightly finalmente se rendía a las ataduras del amor abrazada a un gato sin nombre y al escritor sin fortuna bajo la intensa lluvia.

Cuando las luces se encienden me miras con esos cálidos ojos castaños y me preguntas si conozco Nueva York. Tú nunca has estado allí y pareces disfrutar el camino a la salida mientras te cuento mis paseos por Central Park, el bullicio de los teatros, los enormes neones, el cielo invisible más allá de las moles de hormigón o la decepcionante visita a Tiffany´s. Cuando te despides con un "hasta la próxima" despreocupado, pienso en cómo convencerte para tomar un café cuando volvamos a vernos.

Estación Termini

Hoy he llegado antes de tempo, sin ni siquiera haber mirado en el periódico la película que ponen. La puerta está cerrada y las luces apagadas. No hay, ni habrá, más sesiones. En los paneles olvidados de la entrada, Jennifer Jones y Montgomery Clift se abrazan, la americana infiel y su amante italiano, recordando el pasado y decidiendo su futuro en la cafetería de la estación de Roma. El miedo a arriesgarse y perder una rutina gris frente a un nuevo comienzo de futuro incierto, la comodidad frente a la pasión…¿Quién ganó?. No consigo acordarme. Fin de trayecto, fin de una historia.

No sé cómo te llamas ni cómo encontrarte y el puente que nos unía se ha evaporado de repente. Y veo como tu silueta desenfocada por las lágrimas se aleja en un travelling imparable hasta desaparecer.

Fundido en negro...

jueves, mayo 24, 2007

Ida y vuelta

María era blanca y negra, de piel de leche, alas de cuervo trenzadas y silueta curva, ligera y presta.

Carla era roja y negra, de carmín excesivo y satén escaso.

Atravesaba campos, frescos de lluvia y brillantes de sol cuando acababa su turno en la tienda, saciando la espera del hombre con aire y nubes, volviendo sin traer el ramo que madre le pedía, porque las flores arrancadas eran flores muertas. Aguantaba la monserga de siempre, sobre lo mal que cuidaría de su casa cuando se casara mientras acariciaba al orondo gato, distraída, y al ponerse el sol acudía a la cita clandestina con el corazón desbocado de hambre y fuego.

El asfalto quemaba sus pies a través de las sandalias de tacón vertiginoso, sin alcanzar su corazón helado, siempre dormido en su cuerpo dispuesto. Entró en el club y se expuso bajo la íntima luz de la esquina, sentada cruzando las piernas, la vista fija en la barra sin ver, casi sin pestañear, y esperó.

El día en que su Juan entró por la verja en el flamante coche nuevo para llevarla a la ciudad, se pintó los labios de un rojo tenue y brillante y cubrió el vestido con un chal negro de lana fina, sintiéndose una reina hasta que vio el guiño dirigido a la otra. Salió del coche dando un portazo sin escuchar excusas ni perdones, la cabeza hirviendo de furia y miedo, y se encerró en casa. Fuera Juan gritó y gritó hasta que las manos apretadas sobre los oídos convirtieron su voz en un zumbido.

El coche rojo paró frente a la puerta y el hombre trajeado entró en la sala, sorteando las mesas hasta llegar a ella. Los crueles ojos azules, casi transparentes la atravesaron mientras sus labios finos hacían la propuesta. Ella asintió con la cabeza y se dejó llevar.

María murió ese martes por la noche, cuando la misma hoja afilada que un loco hundió en el pecho de su hombre diez veces atravesó el suyo perfectamente sincronizada en el tiempo. La mujer sin alma siguió respirando, la mirada fija en la tierra, siempre hacia abajo, vetado el cielo.

Carla murió en un callejón oscuro, sobre la acera mojada por una tormenta de verano, el cuerpo herido con precisión de cirujano. El mudo que siempre la aguardaba con silencioso ardor en el garaje la encontró, impulsado por un instinto que le abofeteó con fuerza y le ordenó salir.

Cuando despertó en las blancas sábanas del hospital, una mano sin palabras cogió la suya llenando su cabeza de un mar caliente. María miró al mudo y dejó que el sol de la mañana acariciara su cara.

viernes, abril 27, 2007

Coda

CODA

El humo llenaba el café separando las mesas como islas de luz tenue en el océano brumoso. El grupo del escenario batía el aire a ritmo sincopado. Esther miraba fijamente al virtuoso del tambourine, pensando en la mejor manera de pedirle que le regalara la baqueta. Fernando, la mirada fija y las pupilas dilatadas, marcaba el ritmo con la pierna derecha mientras acariciaba su mano distraídamente. Y sobre la mesa, estos parisinos, siempre tan originales, unas mandarinas en un cuenco de madera tallada iluminaban el oscuro mantel.

Cogió una y la abrió con ansia. Cientos de arañitas salieron de ella, subiendo por su brazo desnudo. Esther gritó, mientras con gestos frenéticos intentaba quitarse de encima los invisibles insectos. La habitación estaba a oscuras y en calma. Eran las tres. Había soñado lo mismo durante las últimas dos semanas, invariablemente repetía la escena que vivió hace cinco años, pero siempre acababa con las arañas, las malditas arañas que tanto detestaba.

No podía aguantar más, sabía que algo no iba bien y tenía que hacer algo ya. Se sentó frente al ordenador pero no quedaban vuelos disponibles. Finalmente consiguió un billete de tren para el día siguiente, en uno de esos coches cama que le recordaban los viajes a Francia con su abuela, las noches sin dormir en el Puerta del Sol, disfrutando del traqueteo hasta que se rendía a las seis de la mañana y caía en un sueño profundo del que costaba muchísimo sacarla.

Llegó a un París lluvioso y gris, como la última vez que estuvo allí. Estaba otra vez en un taxi hacía el distrito VI, rumbo a los edificios universitarios blancos con arcos que tanto le habían hecho odiar el nombre de aquella increíble científica polaca y su marido.

Salió de allí crispada, la mano cerrada arrugando un pedazo de papel con una dirección escrita con letra angular y concentrada como patas de araña. El edificio parecía un pulcro museo renacentista hasta que cruzabas el umbral y el blanco impoluto te deslumbraba, un blanco frío y aséptico que la acompañó hasta la pequeña habitación de la tercera planta.

Lo primero que vio al entrar fueron los pequeños frascos marrones sobre la mesilla, tan parecidos a los de las lágrimas artificiales que usaba cuando llevaba lentillas. Lo irónico de la situación era que, a pesar de todo, no podía llorar, se sentía seca y culpable por ello.

Un susurro le llegó desde la cama.

- Estás aquí. ¿Cómo lo has sabido?
- No lo sé. Tuve un mal presentimiento.
- Sigues igual.
- ¿Tú crees? Las arrugas y las canas no perdonan.
- Seguro que yo tengo peor cara.

Su risa se transformó en una tos convulsa.

- No hables.
- Ya da igual.
- No, a mí no me da.

Sobre la cama distinguió una mancha gris, un cuaderno. Le dolió verse desnuda en la arena, sonriendo.

- Veo que aún lo conservas.
- Nunca podría dejarlo. ¿Eres feliz?
- ¿Qué pregunta es esa? Nadie es feliz.
- Yo creo que lo fui antes de mudarme a esta maldita ciudad.
- Sí, fuiste un estúpido y me hiciste daño.
- Lo siento, por favor, perdóname.
- Hace mucho que te perdoné.
- Últimamente he pensado mucho en ti.
- Quizás por eso haya vuelto.
- Acércate y siéntate en la cama, ¿quieres?. Necesito decirte algo. Creí que esa beca lo significaba todo, que era una oportunidad increíble y no vi nada más, no me di cuenta de lo que perdía y cuando empecé a darme cuenta no me atreví a volver. Pensé que ya no me aceptarías y con razón. Las cosas nunca me salen bien pero esa vez fue por mi culpa, yo lo jodí todo, ¿verdad?
- Si me lo hubieras pedido me hubiera venido aquí contigo sin pensarlo pero tú decidiste cortar con todo como si yo fuera un lastre. Tardé mucho tiempo en superar aquello, me pasé meses esperando una llamada, un correo, no sé, algo.
- Pensé que no sería justo pedirte que lo dejaras todo por mí, y que no aguantaríamos una relación a distancia, lo siento, de verdad, me he sentido vacío desde entonces, he estado a punto de llamarte varias veces, pero me daba tanto miedo que no quisieras saber nada de mí…
- Y durante un tiempo fue así...
- No sabes lo feliz que me ha hecho verte. Voy a intentar dormir un poco, creo que hoy por fin podré descansar tranquilo. ¿Te quedarás aquí conmigo?
- No he recorrido mil kilómetros para irme ahora, ¿no?
- ¿Me das la mano?
- Claro.

Apenas tardó unos pocos minutos en dormirse. Ella apartó las ásperas sábanas y se tumbó despacio, con cuidado infinito, mientras su cuerpo recordaba cómo acoplarse al de él. Notaba su cuerpo caliente y la respiración agitada con un eco ronco que se fue calmando poco a poco. Le abrazó y apoyó la cabeza en su espalda, adormecida por los latidos tenues que percutían en su pecho.

El sol quemaba bajo la bóveda sin nubes. Los granos de arena picaban en su espalda cubriéndola de un traje de cuarzo. Alargó el brazo para coger la mano que él le tendía. Una gota cayó entre sus dedos. El olor a desinfectante entró en su nariz como un punzón y abrió los ojos. Las pupilas de Fernando miraban fijas por la ventana. Su cara estaba húmeda por las lágrimas. No respiraba. Y sonreía.

jueves, marzo 22, 2007

Relatos hiperbreves

Despertar

Las fresas amargan en la garganta. El aire huele a polvo. Zapatillas sin pies en el suelo, una rosa roja crece en las sábanas hasta inundarlo todo de frío. Estás aquí pero ya te has ido. Ya no volverás conmigo ni con nadie.

El ascensor

La puerta del ascensor se abrió sin un ruido. El ejecutivo del traje gris entró sin dudar y apretó el botón con la letra B. La luz parpadeó imperceptiblemente al empezar el descenso. Tras unos segundos, llegó a su destino y salió. La oscuridad le envolvió al cerrarse la puerta. No había rastro alguno de la calle, y debía estar allí, justo enfrente. No pudo encontrar el interruptor de la luz, sólo la nada silenciosa, sin paredes y sin salida.

El abrazo

Le agarró el cuello, mirándole a los ojos fijamente. La mano de él se posó con violencia en su cintura y empujó hasta que sus labios casi se rozaron. El zapato de ella pisó el suelo impaciente. Y el tango nació.

Nostalgia


¿Te vas a ir? Preguntó Rosita, tirando de la manga. Creo que era la segunda vez que me hacía la pregunta. No podía recordarlo bien. Los niños lo captan todo, incluso un sutil comentario sobre otra ciudad en mitad de la comida. Pero, ¿cómo explicarle que necesitas huir? “Si te vas no podrás pintar conmigo”, dijo ella.

El tanatorio

Calor, sudor, gemidos, besos, el resto no existe. Los truenos retumban pero no oímos nada, la lluvia cae pero todo eres tu, yo y la habitualmente fría superficie metálica a punto de fundirse. El río ruge, los cuerpos amortajados flotan aguas abajo, la gente grita, el fin del mundo queda fuera, suspendido hasta el último suspiro que te doy.

sábado, febrero 03, 2007

El soplo en el corazón

Mesas separadas
No me gusta ir sola al cine. Ya lo sé, todo está oscuro y tienes que fijar toda tu atención en una pantalla, pero me siento mejor si tengo el calor de la compañía compartiendo una historia. Cuando entro en la sala voy encogida, como intentando esconderme para que nadie me vea. Hoy en el cine de reestreno toca clásico en blanco y negro, personajes solitarios y mentes estrechas. No puedo evitar escrutar disimuladamente a los que se sientan a mi lado. Y ahí estás, rígido y serio, vestido con chaqueta y pantalones informales pero tan solemne como si llevaras chaqué, con un aire al David Niven de la pantalla, digno y vulnerable, y me pregunto si tú también serías capaz de tocarme en la oscuridad.
Los pájaros
El miedo a lo incomprensible. Una descarga de adrenalina durante dos horas y la esperanza de que todo sea ficción al salir del cine, que los pájaros no se hayan rebelado contra la estúpida humanidad. Hoy has vuelto, al mismo sitio, un mes después. Y a pesar de que con toda seguridad todos en la sala ya conocemos la película, sigues sin pestañear las aventuras de la rubia protagonista, estilizada y elegante como no seré jamás. Estoy inquieta, ¿es razonable este interés por alguien que nunca te ha dirigido la palabra?
Blade Runner
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Pregunta errónea. Los sueños te hacen humano. Esa es la cuestión y ese es mi problema. Sueño contigo desde hace semanas, con esa forma de guiñar los ojos cuando la película te pone nervioso o de moverte y suspirar cuando te aburres. Pero hoy algo ha cambiado, y como el mundo de los dos protagonistas deja de ser lluvioso y negro mientras desaparecen en un zig-zag boscoso, salgo ligera del cine porque me has sonreido al salir.
Desayuno con diamantes
Nunca seré capaz de pasear por la Quinta Avenida sin pensar en Audrey Hepburn descalza mirando un escaparate enjoyado después de una noche de fiesta. Y su rendición a las ataduras del amor abrazada a un gato sin nombre bajo la lluvia. Cuando las luces se encienden me miras y me preguntas si conozco Nueva York. Tu nunca has estado allí y pareces disfrutar el camino a la salida mientras te cuento alguna anécdota de mi viaje a la Gran Manzana. Cuando te despides con un "hasta la próxima" despreocupado, pienso en cómo convencerte para tomar un café cuando volvamos a vernos.
Estación Termini
Hoy he llegado antes de tempo, sin ni siquiera haber mirado en el periódico la película que ponen. La puerta está cerrada y las luces apagadas. No hay, ni habrá, más sesiones. En los paneles olvidados de la entrada Jennifer Jones y Montgomery Clift se abrazan, la americana infiel y su amante italiano, recordando el pasado y decidiendo su futuro en la cafetería de la estación. No sé como te llamas ni como encontrarte y el puente que nos unía se ha evaporado de repente. Y veo como tu silueta desenfocada por las lágrimas se aleja en un travelling imparable hasta desaparecer.
Fundido en negro...

martes, enero 16, 2007

Miedo

Johan mató a su hermano Franz el dos de febrero, por una venganza tardía. Rompió su cráneo con la piedra más grande que pudo en contrar en el camino, enterró su cuerpo en una esquina de la finca y siguió su vida, ojos que no ven y estómago henchido de amarga satisfacción.
Y todo habría seguido igual de no haber sido por la peste bubónica de la primavera de 1542. Cuando quiso darse cuenta ya era tarde, la fiebre le consumía, su cuello se había vuelto negro y maloliente, y nadie se atrevía a acercarse a su cama.
Aquella noche soño con Anna, la que se fue y se dejó embaucar por la tierra que su hermano le había robado, la mitad de su herencia y su hijo, criado en otra casa, dejándole la única satisfacción de que el traidor no supiera que su estirpe no era propia, el mismo niño que mató a su madre al nacer como el ángel exterminador.
Se despertó de repente y quedó mirando al techo, respirando apenas, el sudor frío evaporándose inmediatamente al contacto de su ardiente piel. Casi podía ver el vaho azulado a la luz de la luna, como si su alma se disolviera en el aire.
Su cerebro embotado tardó unos segundos de más en distinguir el nuevo rojo fulgor que entraba por la ventana. Rojo y negro. Una sombra furtiva se acercó al cabecero de la cama. Johan intentó girar la cabeza pero el dolor lacerante no se lo permitió. Un susurro rozó su oreja como una brisa caliente. Y tan claramente como le permitió la niebla de su mente, oyó la voz de Franz llamándole mientras cogía su mano y le incorporaba, invitándole a salir.
Increiblemente, el cuerpo había dejado de dolerle, no sentía miedo y siguió a la sombra que tiraba de él. Fuera todo estaba en llamas, cuerpos retorcidos caminaban, se arrastraban gimiendo mientras negros cuervos les atacaban sin piedad. Animales desconocidos aullaban enseñando enormes fauces y garras afiladas junto a un río de un líquido viscoso y oscuro que, sabía, le volvería loco si le tocaba.
Y realmente creyó haber perdido el juicio cuando vio la pequeña figura que le miraba fijamente bajo el arbol del ahorcado. Anna, con el pelo enredado el vestido desgarrado se reía, graznando, mientras sus ojos dementes se burlaban de él, enseñandole que nunca fue nadie, sólo un objeto, un mero instrumento sin valor. Leyó el desprecio sin fin en esos ojos, recordándole una y otra vez´por lo que había matado, y gritó con todas sus fuerzas hasta quedarse ronco, un sonido tan aterrador que los vecinos acudieron, venciendo el miedo.
Lo que vieron fue a Johan, con los ojos abiertos, en su rostro el horror del que se ha condenado por nada, mientras la vida salía de su boca a borbotones, hasta que sólo quedó el cuerpo encogido e inmóvil.
Y es que no hay peor infierno que el que crea la propia mente.

sábado, enero 13, 2007

Crepúsculo azul

El binomio fantástico ampliado un poquito para poderlo presentar....
Miércoles 3 de mayo

Levantó la cabeza y volvió a examinar la enana azul, exasperado. Las enanas podían ser blancas, amarillas, rojas y hasta café, ¡pero nunca azules! Un escalofrío recorrió su espina dorsal, hacía tan solo doce horas únicamente era visible con el telescopio. No sabía por qué, pero no podía apartar los ojos de ella. Irradiaba una tenue luz azulada que empañaba el sol, como si de repente hubieran envuelto éste en celofán, convirtiendo el soleado día de mayo en una sombra crepuscular.

Jorge no podía entenderlo, nunca había visto nada igual en sus doce años de carrera de astrónomo, y esa exasperación que sentía desde que descubrió el fenómeno e intentó inútilmente darle explicación se iba tiñendo más y más de tristeza, como un blues desesperado. La mesa del despacho estaba llena de hojas revueltas, un caos de fórmulas girando en un callejón sin salida. Con la cabeza vacía, se sentó frente a la puerta del balcón y miró las calles durante horas.

La gente caminaba cabizbaja, y con los hombros caídos, como si una melancolía general se hubiese posado sobre el mundo, ligera, como el polvo, pero imposible de limpiar, dejando a su paso sólo apatía e indiferencia.

Por el rabillo del ojo distinguió a su vecina del piso de al lado saliendo del portal con la mirada fija en el cielo. Durante meses había esperado con excitación verla abrir la pesada puerta de forja para pasear al perro, ligera y fresca, con paso danzante, siempre a las seis de la tarde. Le sorprendió ver su melena negra, casi azul, habitualmente impecable, despeinada y sucia, y la camisa mal abrochada. Al cruzar la calle tropezó, pero desde la ventana Jorge no alcanzó a distinguir nada en la acera que justificara el desequilibrio. Y con inquietud descubrió que, además, no le importaba nada.

Domingo 14 de mayo

Once días azules y fríos, y parecía una eternidad. Jorge se levantó de la cama y miró el reloj sin interés. Eran las dos de la tarde pero bien podrían haber sido las siete. Incluso los potos del salón, esos que crecían sin descanso y parecían no morir nunca e invadirlo todo, caían pálidos y fláccidos.

Al día siguiente tendría que ir a trabajar, de nuevo la angustia de no saber qué pasaba y la presión de quienes sabían aún menos que él. No tenía respuestas, y ninguno de sus colegas parecía en mejor situación. Debería hacer como esa gente que cada vez faltaba más al trabajo, en un absentismo que crecía de manera exponencial desde hacía días.

Al principio fue imperceptible, profesores que de repente decían sentirse deprimidos e incapaces de soportar a sus alumnos, camareros sin fuerzas para levantar las bandejas o médicos enfermos de dolencias que ni ellos mismos sabían nombrar. Pero gradualmente, cualquier actividad que implicara contacto humano se hizo más y más trabajosa e incómoda, aplastando cualquier llama creativa o pasional.

Cerró las ventanas y persianas y se sentó frente a la televisión, buscando el programa más superficial y vacío, para no tener que pensar. Prefería imaginar que era de noche, una noche corriente como las había vivido sin valorarlas durante años.

Jueves 25 de mayo

Esa noche despertó con una sensación extraña, como si su cuerpo hubiera ganado cinco kilos de repente, sin embargo notaba como le tiraba la piel, algo que no podía describir, y al pasar suavemente la mano por su brazo, en una caricia imperfecta y nerviosa, descubrió que el pelo estaba erizado, como si intentara alcanzar una voz que llamara desde distancias siderales.

Una sensación de falta de aire le hizo levantarse y salir al balcón. Junto a él, en el balcón de al lado, una sombra pequeña, acurrucada en el suelo, emitía un sonido quedo y entrecortado. Su vecina estaba llorando. Suavemente, para no molestar, volvió a meterse en casa y se acostó, aunque sabía que no dormiría.

Viernes 2 de junio

Las noticias en la televisión eran cada vez más inquietantes: nuevos profetas prediciendo el principio de algo, otros prediciendo el fin de todo, gente desorientada por las calles, suicidios anormalmente numerosos. Y nadie parecía poder parar la desintegración del mundo conocido.

Jorge llevaba tres días encerrado en casa, sin hablar con nadie, no se sentía con fuerzas de aguantar más delirios exaltados o lamentos apagados. De repente notó algo anormal, un cambio en el aire viciado de los últimos días. Tardó unos minutos en darse cuenta de que el silencio era total y salió al balcón esperando ver la calle vacía. Lo que vio fuera le cortó la respiración: una multitud silenciosa observaba un círculo negro en el cielo. No podía ser un agujero negro, era imposible, no había perturbaciones, sólo una brisa suave y tibia. ¿Era aquello el fin que predecían los apocalípticos?

Sábado 3 de junio

Llevaban más de seis horas en la calle esperando, todos casi en silencio, nadie se atrevía a hablar, los ojos fijos en el hipnótico vacío sobre sus cabezas, esperando no sabían muy bien qué, una explosión, un huracán que les aspirara sin merced hacia otro mundo o hacia la nada. Y cuando más oscura era la noche, apareció un rayo anaranjado, débil al principio, pero cada vez más intenso, iluminando la mañana. Las caras cenicientas se ruborizaron. Y tras la desesperación llegó el alivio de una segunda oportunidad de vivir la luz, un segundo comienzo bajo un segundo sol.

jueves, enero 11, 2007

Viernes en haiku

Reloj ruidoso
Almohada caliente
Aroma a café

Caos de asfalto
Prisas bajo la lluvia
Dos mil papeles

Charla de bar
Tostadas y humo gris
Vuelta al trabajo

Tiempo acabado
Frío y sol en la calle
Risas y amigos

Música y luces
Hielo naranja y manos
Besos robados

Roce o caricias?
Escalofrío en la nuca
No te vayas!

Aprendiendo a abrazar

Abrazar, ceñir con los brazos según el diccionario. Para abrazar es necesario situarse cerca de la persona objetivo. El abrazo habitual suele darse frente a frente, a una distancia no superior a 30 cm. Para ejecutarlo correctamente, levantar los brazos a una altura aproximadamente igual a la de los hombros y en un ángulo situado entre 0 y 45 grados respecto al plano del tronco.

A continuación aumentar el ángulo hasta juntar los brazos en la espalda de la persona a abrazar. Dichos brazos estarán casi rectos, pero no rígidos, siendo necesario un ligero giro, adoptándose la forma de una elipse. Finalmente, apoyar las palmas de las manos en la espalda del objetivo y empujar ligeramente mientras se produce el acercamiento hasta que se dé el contacto de los cuerpos.

El abrazo puede ser corto, llamado “a la inglesa”, cuyo objetivo es el saludo o la despedida, y que tiene una duración máxima de 3 segundos, sin embargo generalmente suele prolongarse indeterminadamente para reflejar el cariño por el otro. En este caso puede conllevar el apoyo de la cabeza en el hombro opuesto y un mayor contacto de los cuerpos, que puede alcanzar casi la totalidad de la superficie. No debe uno inquietarse si se perciben los latidos del corazón ajeno, puesto que esto únicamente es reflejo de la simbiosis física y espiritual.

Existe una variante de abrazo en el cual el receptor se encuentra de espaldas al ejecutor, que realiza los mismos movimientos pero apoyando las manos en el pecho, provocando un placentero sentimiento de sorpresa y excitación en el otro, si el abrazo es deseado.

Finalmente, es posible abrazar a otra persona apoyando las manos en la parte trasera del cuello, para lo cuela es necesario elevar los brazos ligeramente. El abrazo en el cuello tiene connotaciones románticas por lo general y precede frecuentemente la invitación a la danza o el éxtasis de un beso.

domingo, diciembre 17, 2006

Deshaciendo el nido

Espera sus piernas bajo la noche única. Dieciséis años aromáticos, Marianiña jugaba sobre la cama con alegre turbulencia como serpientes de colores. Manuel, recién afeitado dentro de un traje, se hace viejo y silencioso.
Marianiña era fuego de brazos de fiesta, juegos por el aire, trenes que giran, pájaros que se agitan con hambre de futuro. Y poco le importaba a Manuel dar que hablar.
Manuel y Marianiña iniciaban con un sonido violento la invitación al abrazo que consumaban como si hubieran olvidado sus días y este invierno. Marianiña deseaba todo, Manuel la cogió en brazos para poder cumplir un deseo en plena actividad y ocupar su puesto en el juego y sonreía, cabalgando la alegría. Al descender, su cuerpo gravitó con un extraño dolor, herida sin sangre corriendo por la noche.
Todavía estaba amaneciendo cuando Manuel, en el cuerpo la muerte que apretaba, se detuvo en el camino. Sola en su vacío inmenso, con el dolor del que no ha crecido lo suficiente, enfrentó la quietud, más bella que nunca, y se alejó despacio como el que ya no tiene nada que perder en esta vida.

martes, diciembre 12, 2006

La vida nueva

Se llama Cecilia y es actriz.

Sentada delante de mí en el metro parece segura de sí misma. Irradia personalidad con su nariz recta, sus rizos oscuros, como sus ojos, y su abrigo de cuero rojo. No es convencionalmente guapa, pero tiene un atractivo especial, aún sin maquillar, como esta mañana.

Cumplió cuarenta años hace dos meses y parece que fue ayer cuando dejó Bilbao para venir a Madrid. Dieciocho años y una discusión a gritos cerraron la puerta de su infancia.

Su padre, serio médico, serio marido, serio padre, la amenazó con no volverla a ver, aunque sólo tardó dos meses en romper esa promesa. La decepción de que la niña no perpetuara la tradición familiar no pudo con el cariño que sentía y que escondía bajo una máscara de impasible discreción. Su madre le metió dinero en la maleta a escondidas, y a escondidas la estuvo llamando por teléfono cada semana hasta que su padre cedió.

Llegó a la estación de Chamartín a las 5 de la tarde de un día sin sol. En los primeros meses que pasó allí sólo brilló el sol en los vasos dorados de whisky que servía y en los neones chillones del bar. Humo en el bar, bruma en la calle al salir, ocultando el camino cada vez más sinuoso bifurcado en callejones sin salida de innumerables castings, baldosas amarillas que resultaban ser de barro movedizo.

Y al llegar a su habitación del destartalado piso compartido y sentarse en la cama hundida de ruidosos muelles, se preguntaba si había hecho lo correcto y le parecía mentira, pero echaba de menos la casa grande de suelos brillantes de parquet, sillones de cuero, librerías macizas y grandes ventanales donde todo estaba ordenado y olía a limpio, aunque hubiese que hablar en susurros para no molestar.

Hasta que un día, en una fiesta en la que se coló con su inseparable Marta, la única amiga que había hecho en meses, el suelo se hizo sólido, no de oro, quizás de hierro un poco oxidado, pero le dió equilibrio, un pequeño papel en televisión y a Mario. Mario, que la invitó a una hamburguesa barata que le supo a gloria después de tanto alcohol. Esa noche entró en su cama y no volvió a salir.

Él nunca ha sido consciente de lo desoladoramente fríos que tiene los pies cuando duerme sola durante un rodaje. Hielo que solo se derrite al volver a casa y dormir enredada a él en una maraña tropical.

Trabaja bastante, casi siempre en pequeñas películas de poco presupuesto y en papeles de mujer fuerte y dura. No es famosa, ni gana mucho dinero, una vez pensó que eso cambiaría cuando el Goya le hizo una breve visita para no quedarse, pero no fue así. No le importa demasiado, vive haciendo lo que le gusta y nadie la molesta cuando viaja en metro. Como hoy.
Yo la observo, la admiro, su sobriedad actuando y todo lo que es capaz de transmitir con un único gesto o con una mirada que te clava en el suelo, pero no digo nada. Ella levanta la cabeza y me ve. Se da cuenta de que sé quien es y me sonríe cómplice hasta que se baja en la siguiente parada.

lunes, noviembre 27, 2006

Jugando a lexicógrafos

Meledad
Dícese de la pereza matutina de fin de semana, generalmente de domingo invernal, que impide salir de la cama durante largo intervalo de tiempo pese a estar despierto.

Torsidiembre
Dícese de la mezcla de enfado, agobio y preocupación provocada por una llamada telefónica esperada intensamente que se retrasa

Entiescencia
Nerviosismo y excitación causados por el sentimiento de anticipación que precede a la realización del deseo amoroso en sus primeras fases, generalmente en los momentos previos a la primera caricia o beso
Correduelo
Noche de fiesta improvisada regada con abundantes dosis de alcohol, cuyo objetivo es hacer olvidar una desgracia o disgusto a una persona cercana por la que se siente cariño o simpatía
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Alboaire:

Definición propia: planta arbórea de la familia de las salicáceas de grandes hojas alargadas caducas, flores blancas y copa redondeada, que puede alcanzar alturas superiores a 30 m

Definición real: labor que se hacía en las capillas o bóvedas, especialmente en las esféricas, adornándolas con azulejos

Dieno:

Definición propia: Instrumento musical metálico de percusión de configuración similar al triángulo pero con 5 o más lados

Definición real: cualquier compuesto químico que contiene dos dobles enlaces

Esenio:

Definición propia: metaloide de color rojizo, dúctil y de gran resistencia a flexotracción

Definición real: dícese del individuo de una secta de los antiguos judíos que practicaba la comunidad de bienes y tenía gran sencillez y humildad en sus costumbres

Liquilique:

Definición propia: dícese de la persona que habla sin interrupciones durante un gran intervalo de tiempo. Procede etimológicamente de la unión de las palabras líquido y palique.

Definición real: En Colombia y Venezuela: blusa de tela de algodón más o menos basta. Se abrocha desde el cuello.

Pellada:

Definición propia: familiarmente, dícese de la unión organizada de estudiantes para no acudir a clase

Definición real: porción de yeso o argamasa que un peón de albañil puede sostener en la mano o con la llana para darla al oficial que está trabajando

viernes, noviembre 24, 2006

Chocolate

Chocolate negro fundiéndose en su boca, mezclado con suave y cremosa nata
Mira sus ojos intrigantes, que él dice ser negros y ella ve verdes
Mira sus labios sonrientes mientras mastica despacio
Mira su mano acercarse a su cuello
Cierra los ojos anticipando el contacto, deseando tanto que duele
Frío en la nuca, calor en la boca
Chocolate caliente, aire fundido, combustión interna, dulce explosión

miércoles, noviembre 15, 2006

Abriendo puertas

Abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto. Apretó las rodillas hasta que la tensión hizo temblar sus muslos. Estaban solos, sin el abrigo reconfortante de las voces, el tintineo de vasos y la música del bar. No sabía que había pasado. Todo había empezado como una charla corriente y de repente aparecieron la rabia, el rictus y el silencio. Odiaba ese silencio atroz, que la castigaba volviéndola invisible y hacía brillar sus ojos con lágrimas de angustia y culpa injusta, pensando hasta el mareo que era lo que habría hecho mal esta vez, que frase anodina él habría decidido malinterpretar.

Él seguía mirando al frente, con los labios apretados, y la cara inmóvil. Ni siquiera desvió la vista para poner la radio. Una voz invadió el pequeño espacio, y por una vez, las noticias de guerras lejanas sonaron a tregua agridulce. En la calle, la noche se puso a llorar suavemente.

Empezó a mover la pierna derecha sin darse cuenta, baile de san vito que no podía controlar cuando le invadía la ansiedad, hasta que percibió el martilleo rítmico rápido del tacón en el suelo y paró con brusquedad.

Durante los veinte minutos interminables que duró el trayecto se esforzó en no mirarle y fijar la vista en las calles desiertas iluminadas únicamente por la luz mortecina y naranja de las farolas pensando en cómo un color que siempre le había parecido tan alegre podía resultar tan poco acogedor. Casi ni notó como el coche se paraba delante del portal.

Y entonces ocurrió ese clic habitual que hacía que él se calmara de repente, y oyó la voz masculina súbitamente amable pidiendo perdón y dando excusas y su mano rozó su barbilla y acarició su cuello de camino hacia su escote. Pero la voz sonaba lejana y la sonrisa falsa como si no fuera él quien le estuviera hablando sino ese desconocido cuyo roce en el metro resulta incómodo.
Y ella se dio cuenta de que ya no le importaba, no podía romperse algo que simplemente ya no estaba allí, el miedo desapareció y mirándole a la cara le dijo “nos vemos”, una mentira que la ayudara a moverse. Y dejando atrás la decepción del deseo interrumpido en la cara del otro, salió del coche, cerró la puerta y sin prisas, dejó que la lluvia fría y limpia mojara su cuello y su pelo mientras buscaba las llaves en el bolso.

domingo, noviembre 05, 2006

El binomio fantástico: exasperado-azul

Miércoles 3 de mayo

Levantó la cabeza y volvió a examinar la enana azul, exasperado. Las enanas podían ser blancas, amarillas, rojas y hasta café, ¡pero nunca azules! Un escalofrío recorrió su espina dorsal, hacía tan solo 12 horas únicamente era visible con el telescopio. No sabía por qué, pero no podía apartar los ojos de ella. Irradiaba una tenue luz azulada que empañaba el sol, como si de repente hubieran envuelto éste en celofán, convirtiendo el soleado día de mayo en una sombra crepuscular.

La gente por la calle caminaba cabizbaja, y con los hombros caídos, como si una melancolía general se hubiese posado sobre el mundo, ligera, como el polvo, pero imposible de limpiar, dejando a su paso solo apatía e indiferencia.

Jorge no podía entenderlo, nunca había visto nada igual en sus 12 años de carrera de astrónomo, y esa exasperación que sentía desde que descubrió el fenómeno e intentó inútilmente darle explicación se iba tiñendo más y más de tristeza, como un blues desesperado. La mesa del despacho estaba llena de hojas revueltas, un caos de fórmulas girando en un callejón sin salida. Con la cabeza vacía, se sentó frente a la ventana y miró a la gente pasar durante horas.

Domingo 14 de mayo

Once días azules y fríos, y parecía una eternidad. Jorge se levantó de la cama y miró el reloj sin interés. Eran las dos de la tarde pero bien podrían haber sido las siete. Incluso los potos del salón, esos que crecían sin descanso y parecían no morir nunca e invadirlo todo caían pálidos y fláccidos.

Al día siguiente tendría que ir a trabajar, de nuevo la angustia de no saber qué pasa y la presión de quienes sabían aún menos que él. No tenía respuestas, y ninguno de sus colegas parecía en mejor situación. Debería hacer como esa gente que cada vez faltaba más al trabajo, en un absentismo que crecía de manera exponencial desde hace días.

Cerró las ventanas y persianas y se sentó frente a la televisión, buscando el programa más superficial y vacío, para no tener que pensar. Prefería imaginar que era de noche, una noche corriente como las había vivido sin valorarlas durante años

Viernes 2 de junio

Las noticias en la televisión eran cada vez más inquietantes: nuevos profetas prediciendo el principio de algo, otros prediciendo el fin de todo, gente desorientada por las calles, suicidios anormalmente numerosos. Y nadie parecía poder parar la desintegración del mundo conocido.

Jorge llevaba tres días encerrado en casa, sin hablar con nadie, no se sentía con fuerzas de aguantar más delirios exhaltados o lamentos apagados. De repente notó algo algo anormal, un cambio en el aire viciado de los últimos días. Tardó unos minutos en darse cuenta de que el silencio era total y salió al balcón esperando ver la calle vacía. Lo que vió fuera le cortó la respiración: una multitud silenciosa observaba un círculo negro en el cielo. No podía ser un agujero negro, era imposible, no había perturbaciones, sólo una brisa suave y tibia. ¿Era aquello el fin que predecían los apocalípticos?

Sábado 3 de junio

Llevaban más de 6 horas en la calle esperando, todos casi en silencio, nadie se atrevía a hablar, los ojos fijos en el hipnótico vacío sobre sus cabezas, esperando no sabían muy bien qué, una explosión, un huracán que les aspirara sin merced hacia otro mundo o hacia la nada. Y cuando más ocura era la noche, apareció un rayo anaranjado, débil al principio, pero cada vez más intenso, iluminando la mañana. Las caras cenicientas se ruborizaron. Y tras la desesperación llegó el alivio de una segunda oportunidad de vivir la luz, un segundo comienzo bajo un segundo sol.

lunes, octubre 23, 2006

Ejercicio de estilo

A las 11 de esta mañana las obras del metro han provocado la aparición de un socavón en la calle Los Arcos. El balance final ha sido únicamente de una mujer herida que tuvo que ser socorrida en primera instancia por un transeúnte que resultó ser médico. Aun se desconocen las causas del incidente

El paso de la tuneladora por un nivel saturado colgado causado por las recientes lluvias ha provocado la compactación de los sustratos superiores con los consiguientes asientos y el colapso del la plataforma. Se recomienda el empleo de un nuevo sostenimiento cuyas especificaciones técnicas se adjuntan en el anejo nº2 del presente informe

El despilfarro y la megalomanía sin límites del señor alcalde tenían que provocar un accidente tarde o temprano como el hundimiento de la calle los Arcos. La próxima vez las consecuencias podrían ser muchísimo más graves que una simple persona herida. ¡Exigimos una investigación exhaustiva de los hechos y la inmediata dimisión de los responsables!

¡Menudo agujero hay en la acera! Parece que una chica se ha caído dentro y la están ayudando a salir....¿A ver? ¡Cuidado! ¡Mira que soy torpe, casi me caigo yo también! ¡Ese chico guapo se ha parado a ayudar. Desde luego ella necesita ayuda, está histérica la pobre. Debe ser médico, porque le está inspeccionando la pierna…. ¡Vaya Parece que se está tomando su tiempo… Le mira más a los ojos que al pie y la toca tan suavemente que parece que está acariciándola...Seguro que le contarán esta anécdota a sus nietos una y otra vez…¡Que envidia! ¿Por qué no me pasan nunca estas cosas a mí? ¡Seguro que si yo me caigo me atiende una enfermera con bigote!

¡Que mañana más bonita! El aire huele bien después del diluvio de ayer. Me encantan las mañanas soleadas de invierno, la luz es tan brillante aunque haga frío… Parece que hasta la tierra vibra de emoción....¿Que ocurre? ¡Esto no es mi imaginación, el suelo se está moviendo! ¿Me estoy cayendo! Me he hecho algo serio, tiene que ser serio, he oído un crujido. ¡Dios mío, por favor, esto no puede estar pasando… La tierra me llena la nariz y no puedo respirar. Mi pie duele muchísimo ¡Dios mío! ¿Que es eso que me corre por la mano? No puedo ver nada... ¡Socorro que alguien me ayude! ¡Por favor!

Mira el agujero en el que ha caido esa chica tan joven y guapa y piensa que debería ser él quien estuviera allí. Ya no hay nadie en casa desde que ella se fue y sus hijos no vienen ya casi nunca a verle, ¿que le espera al llegar al portal oscuro? Solo soledad y silencio, sólo mitigado ocasionalmente por un programa aburrido en la tele. Si, debería ser él quien estuviera en el agujero y que nadie, por piedad, le ayudara a salir

martes, octubre 17, 2006

Y si....II

El sol entra por la ventana y me da en la cara. Un día normal, martes y septiembre, cálido y luminoso. Son la 8, ¡llego tarde otra vez!

Salto de la cama, literalmente, mi cabeza choca contra el techo, ¡ay! y floto, ligera, mientras mi gata maúlla asustada, aferrada al sofá con sus garras afiladas. Oigo gritos agudos de piscina de verano en la calle.

Tengo sed y me dirijo despacio a la cocina, evitando movimientos bruscos, pero al abrir el grifo solo salen pequeñas esferas que se dispersan y que resulta casi imposible apresar, es inútil intentarlo; tomo una manzana y disfruto el dulce zumo que estalla en mi boca en cientos de gotas al morderla.

Abro la puerta del balcón con esfuerzo, me falta un punto de apoyo, cualquier pequeño impulso me propulsa en cualquier dirección, la única forma de ejercer fuerza en el picaporte es apoyarme en el techo boca abajo. Fuera el ambiente es de caótica fiesta, niños riendo en la calle, amigos girando mientras se abrazan, cosas diversas flotando, libros, vasos, zapatos, ordenadores, incluso coches, como en una película de ciencia ficción.... ¿Qué ha pasado? No lo sé, la física ha cambiado, poniendo el cielo a mi alcance.

Las nubes me llaman y subo y subo hacia las estrellas, el infinito y la paz. Volar sin alas, flotar haciéndose el muerto en el éter, hacer volteretas en el aire, es una sensación nueva, corta la respiración tanta ligereza que parece inexistencia. El sentimiento de libertad es total, siento que nadie puede pararme, que puedo hacer lo que quiera y cuando quiera.

De repente el silencio a mi alrededor se hace casi sólido, estoy sola, el cielo se ha vuelto oscuro, nadie se ha aventurado tan alto. Echo de menos un apoyo, aunque sea un hombro desconocido que me ate a la materia, a la vida. Hace frío, con esa falta de previsión que me caracteriza, se me ha olvidado coger un jersey y empiezo a notar una desazón que crece y crece hasta que noto que una mano me coge el pie y tira de mí. "No subas más, quédate aquí". Miro hacia abajo y le veo, una cara corriente, unos ojos castaños y cálidos que miran con inquietud. Miro hacia arriba el cielo negro donde brillan estrellas como alfileres.

Y vuelvo a la tierra, a la fiesta ingrávida, entre las risas y los gritos, aunque quizás algún día tenga el valor de ir más allá.

sábado, octubre 07, 2006

Los nombres que soy

"La mejor época de tu vida", dicen... Puede que sea una exageración, pero fue muy buena, de verdad. La chica de fresa o "strawberry girl" como en la canción de Siouxie and the Banshees, pasea por los pasillos de la escuela, charlando y riendo, rie alto, se la escucha desde lejos. No mira por donde va, muchas veces tropieza, pero nunca se cae. Tiene suerte, tiene amigos, las cosas van bien. No necesita estudiar mucho, intuye las preguntas de los exámenes con bastante éxito. Pepe, el amigo inseparable siempre se queja de que acierte, fingiendo que la odia por ello.

La vida sigue, trabajo, trabajo, más trabajo, los amigos siguen ahí pero se siente sola, salir más tarde de las 9 todos los días a veces incluso fines de semana, es el mejor antídoto contra la vida social. Le apetece salir pero está cansada, y no le apetece salir, paradoja sin fin como un fractal, y la chica de fresa ya no es rosa ni roja sino azul, su nick ahora en su foro de música es blue_girl, otra canción más oscura y triste, nuevos amigos que viven lejos y que la acompañan cuando llega a casa y no hay nadie allí, solo una pantalla.

Y así llegamos a ahora, ya no es despreocupada, ha crecido, pero si es sincera, cree que es afortunada, amigos, los de cerca y los de lejos, novios, familia, o trabajo. Levantarse es un placer pero con matices, sabe que lo bueno viene y se va, pero nunca desaparece del todo, así que volvió a los orígenes, a la vieja canción, a la vieja Siouxie, en busca de un nombre, y ahí está, Purple_girl, púpura maravilloso, mezcla de rojo y azul, increíblemente adecuado por ahora y si hacemos caso a la antigua intuición, por mucho tiempo


Christine- Siouxie and the Banshees

She tries not to shatter, kaleidoscope style
Personality changes behind her red smile
Every new problem brings a stranger inside
Helplessly forcing one more new disguise

Christine-the strawberry girl
Christine-banana split lady

Singing sweet savages lost in our world
This big-eyed girl sees her faces unfurl
Now she's in purple
Now she's the turtle. Disintegrating

Christine-the strawberry girl

Christine-banana split lady
22 faces...disintegrating.


Black or Blue - Suede

There was a girl who flew the world from a lonely shore
Through southern snow to Heathrow to understand the law
There was a boy who loved the noise of the underground
He left the coast and overdosed on that London sound

He said "I don't care if you're black or blue
Me and the stars stay up for you
I don't care who's wrong or right
And I don't care for the U.K. tonight so stay stay"

And then one day she moved away from those garden walls
She left some flowers, he smoked for hours
She understood the law

I don't care if you're black or blue
Me and the stars stay up for you
I don't care who's wrong or right
And I don't care for the U.K. tonight
So stay, stay, stay, stay......... ........
There was a girl who flew the world

domingo, agosto 13, 2006

Abrazos y besos



Espirales doradas. Formas suaves, vestidos sin forma de surrealismo art-déco, y de repente una mano delicada, perfectamente definida, agarra una masculina. Los ojos están cerrados, arrebatados, mientras él, des espaldas, besa su cara. La piel de ella es blanca, casi transparente, y la de él oscura. Y están de rodillas, los pies atados por un cordón de oro que parece tan fino como fuerte, un vínculo sutil pero irrompible. Un beso. Nada más y nada menos. Flores en el pelo, flores en el suelo. El resto del mundo queda reducido a un mar informe, marrón oscuro. ¿Qué resto del mundo? No existe nada más.
Otro tiempo, otro lugar...El mar ya no es uniforme y marrón sino variable, del negro al amarillo. En el centro emerge una sábana arrugada, con pliegues que parecen rizos. Rizos blancos en una esquina, negros en la opuesta, que se extienden hacia el infinito. La cabellera femenina, inmensa, se funde con la masculina. Las caras se ocultan en el cuerpo ajeno, los ojos parecen cerrados y los brazos se entrelazan. No hay idealismo en los cuerpos desnudos, los huesos se marcan, las pieles se tiñen pero siento envidia, siento nostalgia porque no hace mucho estuve allí, una vez fui yo y ya no soy. Ahora sólo miro fijamente y lloro por dentro bajo la luz de los focos.
¿Y cual es la cumbre? ¿La perfección del beso, la imperfección del abrazo? ¿Lo celestial o lo humano? La balanza se inclina, el peso de la materia vence. Para lo celestial ya habrá tiempo.


Las vacaciones tienen extraños efectos a veces...