jueves, diciembre 25, 2008

1939

Porlier huele a polvo y sudor de miedo. Las canciones sobre la Pepa se oyen por los pasillos, mala señal, hay nerviosismo en la música, la semana pasada tuve que explicarle a un chaval lo que significaban. Un reportero de apenas veinte años, idealista e inconsciente como lo éramos antes. Desde que sabe que la Pepa es la Pena, ya no sonríe, pero hace bromas y canta como el que más para no oir los disparos, supongo yo.

Yo ocupo mis días escribiendo lecciones para mis niños, las chicas son mayores y no sé si les servirán de algo pero quizás al pequeño... Cuando me canso miro pasar los pies desde la ventana, los limpios van rápido, se apartan en seguida, los sucios se arrastran, van despacio como si temieran desintegrarse a cada paso. Si pego el pecho a la pared puedo incluso alcanzar el cielo y me transporto al cerro de los Siete Vientos, entre el romero y me veo describir piedras o los meandros del Jarama a los chicos que me miran con ojos enormes y caras coloradas por el sol o huelo las calles rojas de uvas pisoteadas en tiempo de vendimia.

A mis compañeros les gusta que describa la casa-escuela con sus ventanales de la calle Tiendas, y los pupitres toscos unidos al asiento con sus cajitas de hierro llenas de arena caliente de la estufa para calentarnos las manos. Hace frío en los sótanos, el calor no llega hasta aquí, ¿para qué? Muchos nunca han visto el mar y les cuento los viajes interminables en coche, y las olas salvajes de Llanes, que lamen tus pies hasta amoratarlos envueltos en espuma.

Pero hoy es distinto, esta noche han llegado de nuevo, con la "saca" en la mano, los nombres de los que se irán mañana para no volver y han nombrado a Gerardo, mi gran amigo. He llenado el tintero como lo hacía cada mañana en la otra vida y le he escrito un poema.





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A mi bisabuelo Román (1892-1939)

domingo, noviembre 16, 2008

Distrito F

El sudor flota en el aire, las manos se agrietan. Ella le toca el brazo, él siente la caricia de cactus, pero sonríe, le calienta por dentro. En el Distrito F, nadie tiene nombre o al menos nadie lo recuerda, la arena borra los caminos entre bloques de hormigón, las ventanas se cierran y sólo se oye el viento. La cara de ella se acerca, él puede oler su aliento al abrirse la boca y pegarse a la suya. El sabor se vuelve salado, la humedad le alcanza la barbilla y cae sobre la arena antes de desaparecer.

Las manos se juntan y juegan durante un minuto apenas. Ella interroga con los ojos al sentir la caja cuadrada en su palma. Si no vuelve podrá abrirla. Ella se aparta, fija la vista en el horizonte, blanco sobre blanco. Las dunas cercan la isla de cemento, pero nunca es la misma la que te vigila, se mueven sin cesar, aunque no te des cuenta, y esconden miles de insectos y lagartos.

El avión espera en la pista de tierra con el morro hacia arriba, oteando el aire, el único pájaro que ha sobrevivido. La tormenta se acerca. Los remolinos envuelven las dos figuras inmóviles, los granos pican en la nariz, en la garganta, asfixiando, casi no pueden verse el uno al otro. Una ventana se abre, alguien observa la salida pero no habrá ceremonias, no es el primero que se aventura más allá buscando una salida, un cambio, da igual, el que sea. Es inútil, no hay nada fuera del Distrito F.

El óxido le araña la mano al abrir la puerta y se acomoda como puede dentro. El olor a gasolina y polvo marea. Se incrusta en el asiento de cuero rojo y enciende los motores que renquean en toses secas. Las hélices mueven el polvo y se paran. Él vuelve a intentarlo y esta vez cogen impuso y el ritmo se acelera apartando el silencio. El rayo de plata recorre la pista, apenas visible, en pocos segundos y empieza a elevarse, escorado a la derecha. Por un momento parece que va a caer, y ella no puede reprimir un grito ronco que nadie puede oír entre los átomos de cuarzo y humo.

Él ríe ligero al sobrevolarla, gira dos veces a su alrededor, la corriente se vuelve tornado y levanta su vestido rojo, las piernas le tiemblan, no sabe si de miedo o excitación. Sigue subiendo, ella se ha convertido en un punto lejano, un hito topográfico que le ayudará a volver.

El horizonte se ha alejado pero sigue igual, la nada vacía le rodea en cualquiera de los puntos cardinales, sólo la brújula le indica que sigue un camino, escogido al azar. Los minutos pasan, se transforman en horas, si no para la búsqueda ya no habrá vuelta atrás. Y se da por vencido.

El Distrito F vuelve a emerger de nuevo. Como último coletazo decide subir un poco más. El cielo cambia, el gris pálido se ha transformado en azul, que se oscurece más y más al ascender. El sol ya no es un globo triste, sino un foco amarillo reluciente en un viscoso cuadro de óleo ultramar. Y sigue subiendo. No sabe donde puede llegar, pero quiere estar allí. El tablero de mandos vibra bajo su mano, le hace cosquillas, casi no puede leer los números, pero tiene que saber lo que hay más allá, dónde está la frontera. El vello se le eriza, y empieza a tiritar, los dedos se entumecen mientras empieza la inmersión. Siente una mordaza en la cara, un ataque de asma mientras hiperventila.

El sol se fija en su retina, cada vez más grande, cada vez más frío, no puede cerrar los ojos tiene que seguir mirando….

Ella se levanta de la arena, el hueco de su cuerpo se desvanece como si nunca hubiera estado allí, esperando durante horas. El rugido se hace más fuerte pero no desciende, la diagonal apunta a las estrellas, y de repente el silencio, todo está inmóvil. Una serpentina de humo crece desde el cenit, el fin de fiesta. El avión grita al estrellarse, y la onda expansiva curva el tiempo y el espacio, tumbándola en la arena, es la última caricia.

La caja se le clava en el estómago al caer, la sangre se confunde en el vestido y mancha la tapa abierta. Una pluma blanca sale volando y se pierde en el viento.

Ícaro se sintió dueño del mundo y quiso ir más alto todavía. Se acercó demasiado al sol, y el calor derritió la cera que sostenía sus alas, por lo que las perdió. El desdichado y temerario joven acabó precipitándose en el mar y se ahogó

lunes, noviembre 03, 2008

En el bar...


Lucía

Está de espaldas hablando con el chico de azul, en tirantes a pesar del escalofrío de octubre y el pelo negro descuidado le cae sobre los hombros, nadie, excepto él, puede ver su cara. Le explica un proyecto, y habla y habla como para compensar esa infancia acomplejada y muda sentada delante de los gemelos Flores que susurraban insultos vestidos de broma a la niña regordeta de máscara de metal, todo dientes y enormes gafas de plata. Ahora tiene una boca perfecta, lleva lentillas y usa el papel de escudo. Fotos del nuevo negocio, comunicación del futuro en la antigua fabrica convertida en oficina moderna de cristaleras diáfanas que todo lo muestran. El chico la mira embelesado pero ella no se da cuenta.

Alberto y Miguel


Llevan la misma perilla y pelo corto, nada los distingue, salvo la enorme tarta de chocolate y el delicado té de frambuesa. La camiseta gris sonríe a la chica que se sienta a su lado y roza su muslo bajo la mesa. La camiseta naranja se inclina hacia el chico rapado y se ríe, diga lo que diga, aprovechando para cogerle el brazo o el hombro. Compartieron habitación, libros, pupitre en el colegio, ropa e incluso la primera novia, hasta que Alberto vio a Miguel acariciando al camarero con pintas de rockero Glam en aquel bar en el que se metió por error y comprendió el por qué del mote “Flor de primavera”. Un mes de silencio ofendido por el secreto, esa traición a los años de sincronía, no fue suficiente para romper el vínculo, y aquí están, como si no hubiese pasado nada. Al fin y al cabo, como dice Alberto, al menos ya no hay competencia.

Luis


Se mira en el espejo del café, tan moderno, con sus botas de piel de serpiente, la chaqueta de cuero, las patillas que casi le llegan a la boca y el tupé retro, o “vintage” como lo describe él. Se sienta en una mesa, solo, fotos de Italia en la revista, luz y sol y nadie que le acompañe. Pide un café, escribe un mensaje en el móvil, espera que le llamen o al menos le den una señal, pero el aparato sigue frío sobre el mármol. Esta vez no van a perdonarle, por fin empieza a entenderlo. Manda otro mensaje, insiste. En otro lugar alguien le ignora y llama a otra persona para contarle que está resistiendo la tentación del teléfono . En el café, a diez metros, suena una melodía machacona y la chica de gris suelta los papeles de su exposición para contestar y felicitar a su amiga, por fin libre. Luis mira el reloj, ha pasado un cuarto de hora. Las buenas vibraciones del lugar ya no funcionan y tiene que marcharse, dejando el café a medias.

Fernando


Se agacha detrás de la barra cuando ve pasar al hombre del tupé. Éste al pasar sólo ve un pelo canoso muy corto y una camisa que flota fuera de los pantalones. Hace mucho que no se ven y no quiere que sepa donde trabaja, tantos sueños de rock y chicas mientras tocaban canciones malísimas en el garaje y que al final quedaron en nada… Y eso que las cosas ahora van mejor, después de diez años en bares de mala muerte con olor a fritanga, barra manchada de cerveza y restos de servilletas en el suelo o en clubes gay donde le aceptaban por su aire andrógino a lo Bowie de los 70 del que no queda ya rastro. El café no está mal, y hay que pagar el estudio, la comida y las guitarras que compra compulsivamente porque cuando pronuncia las palabras Fender o Gibson se siente especial

El resto

El café bulle en la tarde de domingo, tres chicas juegan con una polaroid y observan a su alrededor, se diría que espían a cada persona que entra y se sienta, adivinando las conexiones ocultas, esos grados de separación que unen a la chica de gris con los gemelos o el hombre del tupé. Los observados se revuelven inquietos en sus asientos como si intuyeran algo, como si les estuvieran robando sus secretos.

jueves, octubre 09, 2008

Líneas y manos


Ayer era isla, surcos áridos, cruces estrechos
Interrumpidos,
Noche sin luna, sábana fría
Hoy, sentada en la cama, ve como se acerca
Extiende su brazo
Rodea el monte y se inclina
Tensión en dunas pequeñas
Huele los huecos, la línea de vida, y la sigue, la alarga
Araña, la cabeza se borra,
La huella en Venus, Marte se esconde, los ríos se juntan
Dedos, manos, lenguas, cuerpos
Sólo el principio
Infinito

Cuentos del Napapiiri

La mujer con dos relojes

Hace dos meses que volvió del lugar donde el sol extremo hiberna o no duerme, pero sigue allí, esté donde esté la calle se vuelve nieve, y refresca bajo el sol de octubre. Al llegar a casa abre su buzón gris pensando en otra persona que hará lo mismo, pero allí brillará rojo sobre el poste, una hilera de cuatro entre abetos. Hace dos meses que lleva dos relojes, a las once y a las cinco y media todos los días el mundo se para y suena el teléfono, con dos horas de diferencia, pero a la vez, las manecillas se encuentran y se miran en perfecta simetría, en Madrid y en Rovaniemi, y cerrando los ojos nota como los del otro la tocan.


El lago de Kemijärvi

Annuka nunca ha cruzado esa raya invisible que todo lo cambia, son las cuatro de la mañana, el horizonte luce con sordina, las sombras son largas. El sueño cae en gotas demasiado ligeras para mojar. Baja al borde del lago y mira el sol gemelo en el agua y el campanario estricto. Cuando era pequeña, un Santa Claus menos barrigón de lo que esperaba le dijo que tendría todo lo que deseara y esta noche, por fin, a pesar de lo que se fueron lejos, a la capital, se da cuenta de que es verdad

La vela del leñador

Salió corriendo, no pudo coger nada, aprovechando las llamas que cubrían toda la ciudad. Sabía lo que vendría después de aquello, todo arrasado y la venganza. Porque Karl llevaba el uniforme equivocado. Habían pasado 60 años y no le había vuelto a ver más que en sus sueños. No reconoció Rovaniemi. Decían que la habían reconstruido como un rompecabezas con forma de reno, pero desde el suelo todo eran geometrías blancas sobre verde. El Ounasjoqui se deslizaba bajo el puente, otra vez blanco sobre azul. En su centro dos troncos tocaban el cielo, y distinguió una luz entre ellos. Fuego como una vela, recuerdo de leñadores y faldas de colores. Se acercó al agua y miró el espejo. Detrás de ella su mano grande abrazó su hombro. Se dio la vuelta, no vio a nadie, pero sabía que estaba allí, que nunca se había marchado.

jueves, julio 10, 2008

Luz que agoniza



Algo se acaba, algo recuerdo.

Vértigo. Una mano fuerte que me agarra y me sostiene. Lo inestable se hace roca y puedo andar.

Portales oscuros donde manos juegan y se oyen risas

Humo, cigarrillos se consumen y el olor no molesta, me recuerda a besos y caricias

Dos que parecen niños abren un huevo de chocolate y lanzan el molinete al viento, bajo la luna

El embalse a nuestros pies, uno de muchos desde lo alto de la pared de hormigón. Miras a los lados. No viene nadie y tu mano se esconde dentro de mi escote. Me río con placer y vergüenza

Venecia queda atrás, los corazones de cristal se esconden,intactos, en el cajón, el mío está roto

Desde las profundidades del aparcamiento, como espías, emergemos bajo los focos. Vestidos ligeros cubren estrellas, smokings de hombres bajitos que creímos enormes alguna vez, pero yo sólo te veo a ti

Viento y música en un descapotable prestado. Y soy tan feliz yendo a Ávila como si fuéramos a París

Súbitos celos que alejan. Una puerta se cierra y cuesta mucho volverla a abrir

Masajes de sábado, mis manos recorren la piel suave que huele a jabón

Dos sombras traviesas juegan frente a un escaparate de París, noches de vino y jazz. Mañanas desayunando pasteles en terrazas de cristal.

"Nada es tan bonito como parece", te digo, "tú sí", me respondes.

Antes de mí, quince años. El pánico lo invade todo y quiero salir corriendo, pero ya no puedo

Me compras unas Doc Martens de charol en el Marais, isla de Londres en París, Me las pruebo sentada en un taburete de cuero, debajo de una foto de Suede

Te ayudo a decorar la primera casa en la que vas a vivir solo

Una reunión de verano en un despacho de moquetas grises, alguien observa con atención un hematoma en mi cuello.

Los tambores retumban, bullicio en el lago. Nunca me llevaste en una barca del Retiro

Vuelo en la moto, mi vestido flota, me agarro con tanta fuerza que creo que te hago daño. Un sello ardiente marca mi pierna al bajar.

Nuestra tercera cita casi fue la última. No me gustaste de verdad hasta el primer beso impulsivo en aquel coche rojo, tu bala coreana

Llegamos a la Acebeda, me enseñas la casa que construyó tu padre y un anciano se acerca, se acuerda de ti y tu familia, y flirtea conmigo. Finges estar ofendido de que quieran robarte la novia.

Mañana saltas en paracaídas. Vives la noche como si fuera la última. Y quieres vivirla conmigo

Escribimos una historia a medias. Tocas la guitarra mientras canto.

Una imprudencia. Estoy preocupada. Te emocionas buscando nombres posibles. Pareces contento. El alivio se tiñe de decepción.

Bajo la escalera del restaurante. Mi amiga está nerviosa y no sé por qué. Surges de la nada y saludas. Estás con otra. En nuestro bar

Me sacas una foto inquieta en un puerto francés, una vaca de los pirineos se acerca curiosa y voy vestida de rojo

Un comentario inocente y el mundo explota, inseguridad y miedo , el suelo bascula. No era yo la que quería discutir, sólo estaba cansada.

Un baile que llega tarde, me abrazas por detrás y nos movemos mientras Jay Jay Johanson susurra en el aire, tus labios se posan en mi cuello.

Me siento aparte, lejos de tu vida, tus amigos, tu familia, no sé que quieres ni por qué estás aquí pero siempre vuelves.

Mañanas de oficina aburridas, un correo saluda y todo cambia.

Te enfadas, te callas, desapareces, días de espera, me vuelven loca. Me hago cada vez más pequeña y creo que voy a desaparecer

Invitación a un viaje, ahora, y lejos, no puedo, maldito trabajo, y aún no sé que ya no habrá más.

Cosquillas perversas, sudor, roces con doble intención, pasión entre dos besos de mejilla. A medianoche todo vuelve a ser gris, como en el cuento

Estoy sola en mi sofá. Te echo de menos. Y ya no estarás

jueves, mayo 29, 2008

Casbah y rosquillas

“¡He dicho que no lo sé!” El grito de mi padre me clavó en el suelo. No entendía nada, sólo había preguntado en qué trabajaba el abuelo después de la guerra, ¡todo el mundo sabe en qué trabaja su padre! Pues no, mi padre no lo sabía.

Tenía muchos detalles de su infancia en Marruecos, en ese lugar que nunca supe deletrear y que sonaba mucho más exótico que Casablanca… Port Lyautey… Y de cómo el abuelo conoció a la abuela en España durante la Guerra Civil, y ella se enamoró del francés que venía a luchar por la libertad, pero después de unos años flotaba el vacío, sólo sabía que mi abuela había vuelto a Madrid, a casa de la Bisa, con sus hijos, nada más.

Me callé y me encerré en mi habitación, ofendida por la injusticia, y allí me quedé a oscuras hasta que mi madre entró sin hacer ruido, y abrazándome por detrás me dijo que la abuela se había divorciado y que papá no había visto al abuelo desde entonces. ¡Divorcio! Esa palabra que empezaba a oírse por las esquinas y sonaba a pecado y estrellas de cine. Y todo tenía sentido, una abuela que había estudiado derecho, bebía ron con coca-cola, fumaba y tenía fotos de actores dedicadas tenía que estar divorciada, era lo normal.

Todos los sábados le pedía una historia familiar, que ella creaba ante mis ojos con su v0z pausada y grave, sentada en el sillón con sus eternas blusas de lazo, su cuidada melena gris y esas joyas sin valor pero llenas de significados ocultos, mientras yo machacaba las rosquillas de naranja en un vaso de leche.

Allí estaba el bisabuelo, el profesor revolucionario que enamoró a la señorita hasta no importarle que la desheredaran por casarse con él. La tía bisabuela que se quedó sorda por nadar en un lago helado y fue repudiada por su novio. O los días previos al fusilamiento que le rompían la voz en cristales de agua.

Veía las fiestas con oficiales americanos, a mi padre hablando árabe antes de poder decir mamá o el hospital para palúdicos con ventanales a las dunas que bordeaban el océano, y me reía de su acento rugoso que arañaba las palabras francesas más exquisitas.

Desde que la recuerdo fue creadora de relatos que sonaban a cuento, en casas que yo imaginaba oscuras y en silencio entre sombras de muebles enormes y fue su mano la que guió a la niña francesa de Madrid a conocer a su otra familia, ésa que la consideraba española, pero la acogió en seguida cuando reconoció sus rasgos tan diferentes de los de su madre.

Luego crecí y lo olvidé todo, o eso me pareció. Hace unos meses ordenando uno de esos muebles, que en mi salón ya no dan miedo, vi un trozo de papel olvidado. Un grupo de señoritas vestidas de blanco miraban al frente en una playa de los años treinta. En la esquina una de ellas, la más alta y desgarbada, sonreía guiñando un ojo. Como siempre.

lunes, abril 21, 2008

Ojos

Cuatro páginas, la primera y la tercera son de una persona, la segunda y la cuarta de otra...adivinad....

En 1986 la pelirroja Emily Sanders todavía jugaba de vez en cuando con sus muñecas, aunque eso si, procuraba que nadie la viera. La adolescencia estaba tocando a su fin y tanto su cuerpo como su manera de hablar delataban que el candor y la inocencia muy pronto abandonarían su vida.

Serian cerca de las siete cuando del teléfono color turquesa que había en su cuarto empezó a emanar una pegadiza e infantil melodía. Emily no sabia quién era, no esperaba llamada de nadie, Robert el novio con el que tonteaba desde el colegio la había dejado por Kate Tiersen una rubia de la parte oeste del barrio, más mayor que ella y sobre todo con unos pechos mucho más grandes… habían pasado tres largos meses desde aquel final de la primavera, cuando Robert todavía le juraba amor eterno…

El verano todavía brindaba calor y luz, a pesar de que el otoño ya empezaba a dar avisos de su llegada.

-. ¿Diga?

-. Hola… Emily……

Una voz lenta y profunda emanaba del auricular. Emily nunca habia oido esa voz

-. No le conozco señor ¿Con quién hablo?

-. Mi nombre no importa Emily…

Emily se estremeció ligeramente y dejo de pestañear, aquella voz la intranquilizaba.

-. ¿Que quiere de mi?

-. Sólo que escuches lo que tengo que decirte

Emily se quedo muda por un momento. Después con voz titubeante respondió:

-. Oiga esto es muy raro, dígame quién es, esto no tiene gracia.

-. No pretendo tener gracia… Y ahora escucha atentamente…


Emily se encogió sobre si misma y agarro la colcha de su cama como si buscara un punto al que aferrarse. No pudo decirle nada a su interlocutor y aquel hombre sabia donde vivía y como se llamaba.

Despúes de unos pocos segundos de tenso silencio aquella voz volvió a emitir:

- Un dia cualquiera de tú vida mirarás hacia atrás, y ahí estaré yo. No me mires a los ojos… no lo hagas…

Emily se torno de un color más blanquecino, estaba asustada… aquella voz no era fingida, no había ningún atisbo de broma en la llamada. No pudo contestar nada, estaba paralizada y confundida. Antes de poder reaccionar escucho un “clack” por el auricular, quién quiera que fuese había colgado.

Un grito desde la planta de abajo le hizo dar un respingo, sobresaltada. Era sólo su madre llamándola para cenar. La oscuridad del pasillo que llevaba a la escalera de repente le parecían inquietante, como si pudiera haber alguien escondido allí dispuesto a saltar sobre ella. Hizo falta una gran fuerza de voluntad para cruzarlo. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué ella? Si su madre notó algo extraño en su cara no se lo dijo, últimamente estaba distraída, Emily sospechaba que por culpa de ese nuevo novio de sonrisa torcida, que reía con ruidos de hiena.


Durante unos días no ocurrió nada anormal, Emily siguió yendo al instituto como siempre, y el recuerdo de la voz empezó a ser un recuerdo brumoso en su mente, muy ocupada pensando en Robert y su nueva novia. El viernes llegó a casa furiosa, después de ver a los dos besándose con descaro delante de ella en la parada del autobús. Tiró los libros con rabia sobre la alfombra y se tiró sobre la cama, llorando.

Cuando el teléfono empezó a sonar, pensó, esperó, que fuera Robert arrepentido. Pero al otro lado sonó una voz totalmente diferente.

-. Hola…Emily….

Otra vez la voz de pesadilla

-. ¿Quien es? ¿Qué quiere?

-. Yo que tú no lloraría por Robert,es solo una pluma sin importancia y como tal será arrasado

-. Me está asustando, por favor, ¡déjeme en paz!

-. No puedo, Emily, te he elegido, eres mi misión

-. No quiero, por favor, déjeme…

-. No puede ser, estoy en todas partes, nunca me alejo, vigilo tu nuca, pero, recuerda, cuando decida presentarme, no mires mis ojos..

De nuevo el clic, el otro había colgado.

Emily se acostó en la cama y se cubrió, aterrada y temblando. No sabía que hacer ni a quien acudir. El fin de semana no salió de casa, no se atrevía a volver de noche sola, su calle estaba desierta después de anochecer y le daba vergüenza pedir que la acompañaran.

El lunes por la mañana llegó agitada a clase, vigilando su espalda a cada minuto. El corazón le latía con fuerza y cada sonido le erizaba el pelo en la nuca, pero no vio a nadie que pareciera sospechoso o que la mirara de forma diferente. Se sentó en su mesa mientras llegaban todos los demás y empezó a mirar por la ventana. Una sombra pareció esconderse detrás de un árbol, ¿o lo había imaginado? Siguió observando asustada hasta que empezaron las clases, y entonces se dio cuenta de algo: el asiento de Robert estaba vacío...
Las gotas resbalan por los enormes cristales del 1800 de Falls Street, fuera, la noche es una tela negra salpicada de pequeñas luces, seguramente de gente que vuelve a casa después de un largo día de trabajo. En el horizonte se pueden ver largos y arrítmicos flashes blancos, la tormenta ha decidido quedarse toda la noche sobre la ciudad. De vez en cuando el ruido de algún relámpago se oye de fondo, a lo lejos…

En el altísimo edificio para oficinas del centro, Emily contempla ensimismada la bella y perturbadora noche mientras sus manos sujetan un café y un cigarrillo, se pensó ligeramente afortunada… desde su despacho puede contemplar ese cuadro dinámico y además nadie puede reprocharle por fumar en el trabajo. Todos se han ido a casa ya y ella, una vez má,s se queda a terminar el trabajo.

Es uno de los valores más fuertes de su compañía, respetada y temida a partes iguales por sus compañeros de trabajo, sabe como hacer ganar mucho dinero a sus jefes. Claro que no le ha salido gratis, interminables horas de estudio en la universidad, trabajos mal pagados, jefes insufribles y poco tiempo para otra cosa que no fuera prepararse para ser la mejor.

Ha tenido recompensas, es verdad, un bonito apartamento en el exclusivo barrio de Golden Hills y un Lexus descapotable en el que deja lucir su hermoso pelo rizado y rojo todas las mañanas camino del trabajo. Sin embargo poco espacio hay en su vida para el amor, si acaso alguna aventura fugaz con algún chico joven de administración, alguna noche de pasión anónima en una convención lejos de su ciudad… nada serio y sobre todo nada que la comprometiera demasiado.

El corazón de Emily esta blindado y sellado, nada deja entrar que pueda perturbar su vida. De vez en cuando sufre un poco, pero logra reponerse, Paul estuvo cerca en aquellos días de universidad en los que los dos compartían almuerzos, vino y conversaciones bohemias, incluso llegaron a vivir juntos un par de meses pero luego todo desapareció con la distancia y el tiempo.

Aspira la última calada del cigarrillo, casi al borde de fumarse el filtro, también apura el último sorbo de café y se dice a si misma que lo dejará a las doce, mañana es viernes y no quiere estar demasiado cansada para el fin de semana. El sábado visita a su madre, algo que no le gusta demasiado, en realidad no le gusta demasiado volver a su pueblo natal, hace doce años que salio de allí, doce años de aquellas extrañas llamadas, doce años sin saber nada de Robert ni de su destino, doce largos años para olvidar aquél verano, que sin duda cambio el rumbo de su vida.

Vuelve sobre la pantalla de su ordenador, empieza a teclear rápidamente y sin dudar, lo que escribe hace tiempo que estaba en su cabeza. Revisa unos papeles que hay a su izquierda y decide quitarse esos caros y estrechos zapatos nuevos. Su despacho está sutilmente inundado por la música de una cantante negra, le encanta y la relaja. El repiqueteo del teclado es lo único que rompe la armonía del momento.

Pasa un rato mirando hacia el techo y estirando las cervicales, decide encender otro cigarrillo, desde fuera sólo se ve una suave y tenue luz que perfila la silueta de Emily, parece como si sólo ella existiera está noche. De repente una estúpida melodía suena desde su bolso, una luz transparenta y sale del fondo. Es su móvil, Emily rebusca entre los numerosos objetos y por fin lo localiza. “Seguro que es mi jefe” piensa y al oprimir la tecla verde una conocida voz surge del aparato. El rostro de Emily se desencaja.

-. Hola Emily… soy yo… te he seguido todo este tiempo y estoy orgulloso de ti. Te ha ido bien, ¿verdad? Hoy nos conoceremos por fin…, hoy se despejarán todas tus dudas, Emily. Pero recuerda…… “no me mires a los ojos”.

Mira la pantalla, pero sólo aparece “número desconocido” en ella. ¿Cómo ha conseguido su móvil? De repente vuelve a revivir la angustia y el miedo, y el sentimiento de culpa de saber que Robert desapareció por su culpa, que ella fue la responsable.

Intenta fijar la vista en el ordenador pero no puede concentrarse, cualquier ruido en la oficina vacía y a oscuras le acelera el pulso hasta el borde del infarto. Algo se ha movido a su espalda, está segura de ello, estira el cuello en tensión, intentando distinguir cada sonido, tuberías, zumbidos de fluorescentes, el motor del ordenador, su propia respiración agitada…pero hay algo más, y no se atreve a volver la cabeza y mirar. Ahí está otra vez, es un roce de zapatos en la moqueta, muy suave, desaparece, y al cabo de unos segundos vuelve. Está paralizada.

Por su derecha una sombra avanza, una silueta deformada por las luces de oficina y se detiene. Su dueño tiene que estar justo detrás de ella. La espera se hace interminable. Cierra los ojos….

Una caricia sube por su cuello hasta alcanzar su barbilla, sube por su cara, se detiene en su boca y sigue hasta su cuello. Y esa voz tan conocida y desconocida a la vez empieza a hablar, en susurros, cerca de su oreja.

-. Hola Emily, por fin nos encontramos, lo estabas deseando, ¿verdad? Mi obra, te he estado guiando todos estos años, la mujer perfecta, eficiente y fría en apariencia, y un volcán esperando en su interior… nada te podía apartar del camino, no podía permitirlo….

Ella cierra aún más los ojos, manchas blancas empiezan a distorsionar la negrura y nota las perlas de sudor en su frente. La cara de él está tan cerca de la suya que nota su calor.

-. Sabía que ibas a ser tú, que tú no me defraudarías, tú serías la definitiva….

Emily no puede más, no soporta más no saber, sus párpados se levantan y mira al frente, y lo que ve la deja helada, es una cara alargada corriente, pelo rubio corto y ralo, piel pálida, pero esos ojos…. Una vez que los has mirado no puedes salir, esos ojos han visto demasiado, el sufrimiento, miedo, los gritos de mujeres resuenan en su cabeza, han absorbido el horror, el infierno, y aunque inmediatamente cierra los ojos otra vez, ya es demasiado tarde, no puede dejar de ver, ni de oír, lágrimas caen, silenciosas.

La voz junto a ella ya no es tranquila, ni profunda, chirría con odio.

-. ¿Por que lo has hecho, Emily? Te advertí que no lo hicieras, te lo iba a dar todo pero eres como las otras…

Pero ella ya no escucha, su mente está perdida entre los gritos y el llanto, y casi ni nota como las manos se cierran alrededor de su cuello y empiezan a apretar….
Jorge y Christine

domingo, marzo 23, 2008

Vete, no te vayas
No aparezcas de pronto ni te escondas deprisa
Habla, no hables
Olvida las frases entre hielos vacíos
Mira, no mires
No salgas corriendo mientras brillan tus labios
Toca, no toques
No me acaricies la cara si estás tan lejos
Aniquila este caos, no me dejes morir

jueves, marzo 06, 2008

Dormir y soñar

El hombre en la luna

Nació cuatro años antes de tiempo pero la luna es su signo. Ya lo decían sus padres cuando le veían pegar la nariz a la televisión en blanco y negro, una de las pocas que había en el pueblo, mientras se oían las voces entrecortadas y las rayas envolvían el alunizaje en brumas de película de clase B. Y quería llegar igual de lejos, allí donde todo es posible

La gente feliz brilla

Cuando pasea por los caminos helados de enero o trabaja en el campo, recogiendo aceitunas, se siente feliz, se agacha y coge un puñado de tierra, la huele, mezcla de humedad y vida oculta, juega con la textura que araña y cruje. Y aunque hoy el aire lechoso esconda el sol, no importa, tarde o temprano siempre vuelve.

Molinos y gigantes

La política corrompe, te eleva por encima de todos y te olvidas de ellos, del futuro que querías, de lo que buscabas, eso si no te encuentras con un idealista, caballero de Castilla la Vieja dispuesto a cambiar todo lo que falla, o lo que pueda, al menos, sin dolor, suavemente. Aunque alguien dijo que todo el mundo hace daño alguna vez, él nunca lo hará deliberadamente. Los espíritus, esos que nadie más que él puede ver, están de su lado. Nunca menosprecies al adversario pequeño.

Canción sin título número 11

Enciende la radio, y escucha con atención, manos largas sobre pianos o púas rasgando guitarras, un océano en que bucear en busca de nuevas pasiones. Las ondas le envuelven y los trabajos se olvidan, quedan trozos de veranos, montañas, escenarios y gente bailando, pasado y futuro se funden y cuando la música cesa, la magia sigue creciendo en su cabeza

Mapas y leyendas

Miro el mapa con ojos de ingeniero urbanita, veo carreteras y ciudades, asfalto y hormigón y de pronto mis ojos se paran en un punto minúsculo dentro de una mancha verde, allí donde una carretera que parece que no va a ninguna parte da una vuelta en herradura y vuelve al punto de origen. Y miro más lejos, me imagino la Fuente del Almendro, los puentes de piedra sobre aguas de fondos nítidos o las fogatas para asar las castañas, cortejos fúnebres que unen a todo un pueblo aunque espadas de hielo bordeen el camino y leyendas que me gustaría conocer.

Sitios distintos

Los miércoles son especiales. No importa lo que seas fuera de clase o del bar, aquí solo somos amigos diferentes charlando y riendo, en busca de un abrazo, bebiendo vinos o cerveza, pidiendo comida como si lleváramos días de ayuno, por favor, que algo sea sin gluten, por sitios de Malasaña que nunca había pisado. Las confidencias pelean unas con otras, se hacen un hueco, y fraguan en cemento irrompible. Las rosas nocturnas tardan semanas en marchitarse y recibes regalos inesperados, aunque la mala memoria juegue malas pasadas: A veces una caja de CD vacía vale mucho más de lo que parece….
Para Pablo...

jueves, febrero 07, 2008

Sinergias

Cogimos la manilla del taxi al mismo tiempo, en inquieta sincronía. Llevábamos más de diez minutos esperando, observándonos con la desconfianza del adversario que nos quiere quitar lo que más necesitamos. Los dos pedimos excusas, pero teníamos mucha prisa, los dos íbamos a perder el vuelo, los dos íbamos al aeropuerto. Subimos al taxi sellando una tregua.

El conductor arrancó y enfiló la avenida. Treinta minutos para llegar o sería demasiado tarde. Al primer giro paramos en seco. Una fila interminable de coches en un embudo de zanjas y maquinaria. Un caos de klaxons y gritos. Inconscientemente empecé a retorcerme el pelo. Mi compañero se movió, estirando el cuello, pero no miraba por la ventana, sus ojos se habían desviado, varados en la sombra de mi escote. El taxista empezó a maldecir y tras maniobras furiosas se coló por una callejuela lateral.

Mi mano pasó del pelo al collar que colgaba frío dentro de la camisa. Tenía calor. Un semáforo en rojo, y un frenazo nos impulsó hacia delante. Peatones pasando, hormigas en mi estómago. Junto a mí, una boca sonrió con descaro, levantando la comisura izquierda ligeramente, en un guiño sutil. La calle serpenteó, moviéndose deprisa, intentando huir de semáforos que se empeñaban en enrojecer como mi cara. ¿Por qué se había levantado tanto mi falda al entrar? Las medias de rejilla dejaban entrever casi todo el muslo.

Un taxi se paró delante de nosotros e intenté fijar la vista en los pasajeros que bajaban con calma: un hombre canoso y una señora con bastón. La eternidad se hizo instante mientras notaba una mano rozar mi pierna, que se negó a apartarse. Alcanzamos la autopista, sólo cinco minutos y el aeropuerto estaría a la vista. Pero yo ya no quería llegar.

lunes, diciembre 10, 2007

ISLAS

Óleo

El salón era minimalista de renta exigua, pocos muebles desnudos y recién caídos al suelo. Frente a mí, bajo el ventanuco que daba a la calle, la nada inmensa. “Una pared aburrida”, me dijo. Sólo blanco y zapatos corriendo. Y le abrí una ventana a un sol de óleo denso en rojo indefinido. Él solía decirme que era su ventana al mundo.

Silencio

Un día quedó encerrado en tapas de CD, con grandes mayúsculas descuidadas. Recuerdos de sol, viento en la cara, frío y canciones en un descapotable con bronquitis y arrugas. La música suena entre los pinos y te sientes como una estrella de estela vaporosa al cuello y el pelo alborotado. Canciones que ya no llenan el aire muerto.

Rostros


En algún lugar hay fotos escondidas en un cajón. Llave echada, historia antigua. Un brazo rodea un hombro, una cabeza se gira hacia un rostro sonriente y le mira con orgullo. Parecen en equilibrio inestable, a punto de caerse. No me acuerdo de quien hizo la foto, de todas formas ya no importa. Se equivocan los que piensan que fotografiar a alguien es robarle el alma.

Cuentos


La estantería estaba vacía. Un muñeco con las piernas colgando me miraba fijamente. Las pestañan le caían con tristeza sobre los ojos azules. “Está solo”, me dijo Adela. Pero yo traía algo bajo del brazo. Abrí el primer libro, un universo naïf explotó ante nuestros ojos mientras el cuento crecía. Ahora está colocado en su sitio, una diagonal de color acompaña al muñeco.


Miedo


La película se quedó en su casa, con los escalofríos, los gritos y las excusas para agarrar al otro, en el salón a oscuras, bajo una manta. Otra parte de mí que vive otra vida en la ciudad, islas que son y no son yo.

Un bar

Hoy he regalado mi última isla: un poema pensado despacio, escrito deprisa, en una servilleta. Lo he dejado junto a tu brazo en la barra del bar, el tercer taburete por la izquierda como cada lunes, la misma arruga preocupada en la frente.

Te observo escondida en la mesa de la esquina, el humo empaña mis gafas y convierte la sala en un mar nocturno cortado por manchas de luz. Temo que mi isla acabe en la papelera con las servilletas sucias y los restos de comida. Pero tu cabeza se gira, alargas la mano y coges el papel. Mi cara se quema mientras lees y empiezas a moverte. Mis ojos se fijan en la vela que arde inmóvil, casi no respiro. La llama se agita, el temblor se contagia, mis piernas flaquean, el tiempo se para, tus labios se mueven. “¿Puedo sentarme?”

jueves, noviembre 08, 2007

La muerte y la doncella

Rozaré tu espalda cuando no mires
Agujas de acero despertarán tu cuello
Escalofrío oculto en sábanas rojas

Buscarás el aliento derrochado en bruma
Las voces eternas intentarán mecerte
Mentiras que intenten cerrar la sima

Rastrearás la luz en los ojos cerrados
Nariz envidiosa, perfume ausente
Las grietas del alma se harán agua

Perforaré tu herida, mano helada
Con impaciencia hilaré la espera
Y quizás sientas miedo, dolor o furia

Pero yo te he escogido
Y aunque los otros te sientan fría y tierra
Conmigo serás fuego y muerte

sábado, noviembre 03, 2007

Nucas

ELLA

Miras por la ventana del avión. Tu reflejo parece perdido en la oscuridad. No sé donde leí una vez que las personas con labios finos no son de fiar. Los tuyos no lo son pero desde hace tiempo lo parecen, con esa forma de apretarlos hasta que se quedan sin sangre. Tu nuca se inclina ligeramente intentando captar algo en la noche, emerge blanca de la camisa de lino azul. Cómo me gustaba soplar sobre ella y ver como se erizaban esos cabellos que sobresalían apenas medio centímetro de la raíz... Y no podía evitar besarla muchas veces, besos ligeros con olor a jabón mientras tus brazos me atraían hacia tu espalda. Pero eso fue antes de los súbitos cambios de humor, los celos y la furia. Prefiero esconderme en las fotos de la revista, pensar abre una herida en mi estómago.

El chico sentado a mi derecha me ha sonreído mientras encendía mi luz. Ha supuesto que mi concentración en la revista se debía a la oscuridad de la cabina. Es increíble como un desconocido puede hacerte sentir bien con un gesto tan pequeño. Me quedo mirando fijamente ese cuello fino de rizos largos que acarician una nuca estudiosa volcada sobre un libro de urbanismo en alemán.

ÉL

No aguanto más. ¿Por qué se ríe sólo cuando habla con los miles de amigos que tiene? En el momento en que apaga el móvil vuelve ese gesto dramático a su cara, de Ofelia herida que no soporto. Hace como si leyera la revista pero sé que está mirando al chico de al lado. Hija de puta.... se cree que no me doy cuenta de que me compara con cualquiera. Se deshace en sonrisas porque le ha encendido la lámpara. Otro tipo intentando pillar ligue barato en un avión y ella le sigue el juego. ¡Cómo me apetece estrujar esa nuca hasta romperla, cómo disfutaría oyendo ese crujido liberador!

EL OTRO

Otra vez con retraso, voy a llegar tardísimo a Madrid y seguro que me perderé buscando la casa de Jan. ¡Qué calor hacer! No hay quien se concentre en el libro, creo que mejor lo dejo y le pido a esa azafata tan amable de cuello de cisne un zumo bien frío. Es bajita, y su pelo es tan corto como el de un chico pero sus ojos sonríen de verdad.

Me encanta observar a la gente mientras viajo sobre todo si dispongo de varias horas. La pareja sentada a mi lado parece enfadada. Él mira por la ventana pero esa nuca potente está en tensión, sus hombros no están relajados y su mano tiembla un poco, seguro que es un fumador empedernido con síndrome de abstinencia. Y ella parece triste, su cuello se inclina con sometimiento.... Lleva bastante tiempo sin pasar la página de la revista, no sé si es que no ve bien o que su mente está en otra cosa. ¡Menuda mirada asesina me ha lanzado el neanderthal sólo porque le he encendido la lámpara a su mujer! Da escalofríos....

LA OTRA

Debería haberlo previsto. Cuando pasé por su lado con el carrito tuve un mal presentimiento. La nuca elegante de la mujer parecía tan frágil bajo el moño informal mientras se giraba y sonreía al estudiante ... La sombra amenazadoramente azul del marido al mirarla me encogió el estómago. Pero estaba ocupada y se me fueron de la cabeza enseguida. Debería haber hecho algo pero sólo pude quedarme paralizada por el crujido mientras mis manos protegían mi nuca congelada.

viernes, noviembre 02, 2007

Principio.

El tránsito de nacer....

Sueño en el mar encogido
Oscuridad cálida y húmeda
Temblores, silencio blando
Dos corazones suenan
Un rumor crece, llamada urgente
Y me acerco con miedo y con prisa
Dos manos tendidas se asoman
Abren la puerta y resbalo
El mundo verde da frío
Brazos y labios me rozan
Un corazón solitario suena, y lloro

jueves, octubre 25, 2007

El juego

La hoja revoloteó, los párrafos estrictos se posaron livianamente en el suelo, firmas confusas sellaban el pacto. Intenté fijar la vista en las letras negras que se agolpaban en ella como arañas para no pensar, mientras levantaba la mano y me preparaba. Tras el frío contacto sólo se oyó un clic armónico en el silencio agitado. Un suspiro unánime flotó en el humo, relajando la tensión.

La mujer de rojo me hizo una mueca que otro hubiera tomado por una sonrisa.

La apuesta se dobló.

Frente a mí, la cara del adversario brillaba, una gota recorrió su cara y se estrelló en la oscuridad. Sus ojos parpadearon con asombro, preguntándose seguramente cómo el azar había podido torcer su destino de aquella manera. Por un momento pensé que su dedo convulso no sería capaz de apretar el gatillo.

La mujer de rojo se había colocado a su espalda, la luz de la pared formaba un halo protector a su alrededor. El fulgor de sus ojos tembló y se desbordó en ríos de carbón.

Una mano se posó en mi hombro y levanté la vista. Una boca ávida, de dientes perfectos, me sonrió con complicidad, sentí escalofríos y por un momento casi me arrepentí.

La explosión desplazó la mesa unos centímetros. Miles de gotas marcaron la trayectoria del cuerpo al desplomarse a cámara lenta. Casi al mismo tiempo, el fantasma de rojo cayó de rodillas sin un ruido.

Me levanté despacio y agarré el maletín con el millón de euros. Pesaba poco, importaba poco. Debía cumplir el pacto y pagar el precio de mi venganza. Ella había visto morir a su amante y yo había perdido mi alma. En casa me esperaba un cargador y esta vez estaría completamente lleno.

miércoles, octubre 17, 2007

Hiperbreves en Nueva York

Bryant Park

Cítaras misteriosas suenan más allá del mar de hierba . Un oasis en la calle 42, sol radiante y sillas verdes. Ella está recostada en una de ellas, lleva gafas de sol, no sé si tiene los ojos cerrados, parece dormida. Él se acerca desde atrás entre la alfombra de hojas, se para y se inclina. Le susurra algo al oído y ella sonríe. Él se aleja y pasa de largo junto a las tres amigas que se están fotografiando, una de ellas le mira y sonríe también.

Las Damas de Murray Hill

Tiene 90 años por lo menos, junco estirado de labios rojos perfectamente perfilados y melena rubia corta y moderna. Viste de negro elegante, roto por un chal rosa enrollado con falso descuido sobre los hombros. Intercambia frases contundentes con sus amigas, se encuentra con ellas todas las mañanas y discuten las últimas noticias de la ciudad. Nunca se casó, valoraba demasiado su independencia y no se arrepiente.

Batman

El príncipe de Gotham existe, viste un traje de lycra relleno de goma espuma y es más bajito que mi héroe de linterna bajo las sábanas. Aparece de la nada sudando en la tarde ardiente e inicia tímidamente unos pasos de baile ante la orquesta callejera. Ritmo cubano y mujeres rotundas a ritmo vertiginoso le rodean y empieza a moverse con gracia, cada vez más rápido. ¿Quién dijo que Batman era siniestro?

SoHo y Chinatown

Paseas por calles estrellas, edificios industriales reconvertidos en tiendas de moda y todo es bullicio limpio y glamour. Quizás en un tiempo fue bohemio, artistas de vida precaria intentaban despuntar, pero los tiempos ahora son distintos. Y, de repente, la calle Mercer desemboca en Canal y todo cambia, huele a comida china, palabras extrañas inundan tu cabeza y las tiendas de sueños falsos invaden las aceras, los barrios, la ciudad entera, la marea crece, imparable.

Amigos

Se da la vuelta en la cama, otra vez, parece que con cada pensamiento recurrente tiene que girarse, como si eso le ayudara a dar la espalda al recuerdo, al vacío y a la sensación de haberse equivocado una vez más, como siempre. No puede evitar llorar, intenta que no la oigan, y le duele el esfuerzo. Y cuando va a levantarse para esconderse en el minúsculo baño de hotel, nota una mano en su brazo, una caricia suave sin palabras, y deja de sentirse sola y fría.

Pepe Grigio

Una pequeña puerta acristalada se abre, un pasillo estrecho y entran en un patio naranja, con fotos antiguas en las paredes de actores italianos comiendo pasta. Se sientan en una esquina de enormes plantas. Las azucenas del jarrón acarician su cara y huelen tanto que casi marean. Los mosquitos pican, y, a través del tejado de cristal, se ven la luna llena y los viejos edificios de Chelsea. Fuera la ciudad, dentro un jardín que invita a confidencias.

Pajaronas en Manhattan

Tres pájaras sobrevuelan Manhattan. La primera parece Jane Avril a punto de bailar el Can Can en el París de Toulouse Lautrec, mechones rizados y largas faldas de vuelo que se indignan porque sólo ven estrellas de espaldas. La segunda es una mujer flor de Dalí, elegante en cuatro trazos, la gente la adora, pero ella no se da cuenta porque le da la espalda. La tercera es una Odalisca de Matisse, de pose indolente. Parece relajada, pero ¿sabemos realmente lo que está pensando? Son diferentes, pero se ríen mientras comen en un restaurante de brillante modernidad.

Brujas de varios colores

Las brujas de Nueva York son multicolores. Las hay verdes, incomprendidas de corazón sensible, perdidas por Broadway. Otras son blancas y no son conscientes de lo que han perdido en el camino. Pero si paseas por la calle 32, puedes entrar en una pequeña sala oscura y dejar que una bruja moderna y corta de vista te lea la mano mientras los santos de las paredes te miran y el teléfono suena sin parar.

Taxis en flor

El taxi se para. El capó no es amarillo, flores azules y rosas lo cubren por completo. Por dentro está viejo y huele a humo. El paso bajo el túnel es duro, el motor renquea, parece que se va a parar en cualquier momento y el atasco fuera no es más tranquilizador. El conductor es negro y parece preocupado, el precio cerrado no le va a resultar muy rentable hoy, y parece que necesita el dinero. Por un momento pienso que no vamos a llegar a tiempo al aeropuerto, pero me equivoco. Cuando el taxista ve la propina sonríe, da las gracias y desea buen viaje. Y creo que lo dice de verdad.

jueves, octubre 11, 2007

Río abajo

Me dijiste adiós desde el puente de piedra. Bajé la vista para que no me vieras llorar y el reflejo de tu mano tembló sobre la superficie del Miera que tanto amabas, te diste la vuelta y me dejaste atrás. Estaba segura de que Bilbao, bulliciosa ciudad de tentaciones y sirenas, te atraparía en sus redes y tú, mi aprendiz de carpintero de manos grandes y ojos grises, no volverías más.

Un día de luz glacial oí los susurros en la plaza del Mercadillo y supe la verdad, la tarde de risas y amigos la víspera de San Juan en el mar de mis noches de infierno, los gritos, la búsqueda en vano y el vacío. El luto se convirtió en mi amante, al que cuidaba con mimo, mi coraza frente a los hombres y la vida hasta que llegaron noticias del sur, del Cádiz soleado de flores rojas.

Unas redes sorprendidas de su hallazgo te devolvieron a mí, una única palabra mágica que pronunciaste, “Liérganes”, te trajo de nuevo al valle, pero ya no eras tú, sino un espíritu resbaladizo de largos silencios, incapaz de demostrar tu afecto, ni una caricia, ni un beso. Tus pies descalzos flotaban hasta el puente, y, varado en el centro, mirabas el río durante horas, inclinándote hacia el lecho cada día más, con la mano estirada.

No sé si te caíste o te lanzaste, hace dos años que nadie ha visto tu imagen ausente, pero yo no te olvido, sentada en la orilla con los pies en el agua, de vez en cuando un salmón apresurado roza mi piel y pienso que es tu mano, fuerte y arrugada, que me acaricia desde el fondo



"Su proeza atravesando el océano
del norte al sur de España,
si no fue verdad mereció serlo.
Hoy su mayor hazaña
es haber atravesado los siglos
en la memoria de los hombres.
Verdad o leyenda,
Liérganes le honra aqui y patrocina
su inmortalidad.."
(Inscripción en el paseo de El Hombre Pez en Liérganes, Cantabria)

martes, septiembre 04, 2007

Paseo de la Castellana

Calor, humo, ruido de coches, el caos de la ciudad me envuelve mientras me dirijo a la plaza de Colón. Un kilómetro más, si el dolor del pie me lo permite, y podré coger el autobús. Sólo llevo 10 minutos y ya me arrepiento de haber puesto a prueba mi resistencia.

El sol se cuela entre las hojas del bulevar. Voy de mancha dorada en mancha dorada, cruzando un río de tierra.

El semáforo empieza a parpadear unos metros más adelante y por un momento olvido el tendón de Aquiles y me lanzo a correr hasta que noto un chasquido y un dolor lacerante. Empiezo a cojear, tendré que coger el autobús antes de tiempo. Un cruce más y se acabó la marcha.

En éste no hay semáforos, sólo un par de filas de coches nerviosos rugiendo y pitando. El ejecutivo del BMW parece que va a tener un ataque. Tiene la cara roja como la grana y suda sin parar.

Entonces la veo, una madre sentada al volante con su hija detrás. Es joven, no creo que llegue a 35 y no parece agobiada como los demás conductores. Ella me ve intentando sortear los coches y me sonríe. Su mano se levanta en un leve gesto de saludo. No la conozco, estoy segura, pero tengo que sonreírle de vuelta, es inevitable. Su mirada me sigue mientras zigzagueo, y el pie ha dejado de doler

viernes, mayo 25, 2007

El soplo en el corazón

EL SOPLO EN EL CORAZÓN

Las noches de Cabiria

No me gusta ir sola al cine. Ya lo sé, todo está oscuro y tienes que fijar toda tu atención en una pantalla, pero me siento mejor si tengo el calor de la compañía compartiendo una historia. Tengo cuarenta y dos años y muchas inseguridades por resolver de las que soy demasiado consciente. Cuando entro en la sala voy encogida, como intentando esconderme para que nadie me vea, abrumada por la vergüenza de la soledad.

Esta tarde la Cabiria de Fellini me sonríe desde las cristaleras de la entrada, vestida de rojo bajo las luces de un foco. No es una foto, sino un dibujo, quizás incluso una caricatura. Una prostituta ingenua y patética, eternamente abandonada y despreciada y que a pesar de todo siempre consigue levantarse con la fuerza de su imaginación. Y pese a la tristeza que siempre me invade al ver esa película, no puedo evitar sentir envidia por esa esperanza inquebrantable, aunque esté profunda y escondida, como los posos del café.

Mesas separadas

Tarde de domingo, fría y lluviosa. El cielo pesa como el plomo sobre mi cabeza, asfixiante. Necesito evasión y compañía, aunque sea en la oscuridad de terciopelo rojo con aroma de ambientador barato. Hoy en el cine de reestreno toca clásico en blanco y negro de nuevo, personajes solitarios y mentes estrechas. Hombres y mujeres respetables que esconden secretos, puritanos intolerantes y prejuicios pacatos.

No puedo evitar escrutar disimuladamente a los que se sientan a mi lado. Y ahí estás, rígido y serio, vestido con chaqueta y pantalones informales pero tan solemne como si llevaras chaqué, con un aire al David Niven de la pantalla, digno y vulnerable, y me pregunto si tú también serías capaz de tocarme en la impune oscuridad.

Los pájaros

El miedo a lo incomprensible. El caos inexplicado que provoca un escalofrío en la espina dorsal. Una descarga de adrenalina durante dos horas y la esperanza de que todo sea ficción al salir del cine, que los pájaros no se hayan rebelado contra la estúpida humanidad. Hoy has vuelto, al mismo sitio, un mes después. Y a pesar de que con toda seguridad todos en la sala ya conocemos la película, sigues sin pestañear las aventuras de la rubia protagonista, estilizada y elegante como no seré jamás.

Aprovecho cualquier sobresalto para rozarte con mi mirada. Tu nariz es ligeramente aguileña y la tensión hace que muerdas ligeramente tu labio inferior. La desazón me aprieta el estómago, ¿es razonable este interés por alguien que nunca te ha dirigido la palabra?

Blade Runner

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Pregunta errónea. Los recuerdos se fabrican y se almacenan pero no se puede fingir o recrear la magia onírica. Los sueños te hacen humano. Esa es la cuestión y ése es mi problema. Sueño contigo desde hace semanas, con esa forma de guiñar los ojos cuando la película te pone nervioso o de moverte y suspirar cuando te aburres. Mi imaginación crea escenarios imposibles.

Pero hoy algo ha cambiado, y como el mundo futurista de los dos protagonistas deja de ser lluvioso y negro mientras desaparecen por una carretera que serpentea entre bosques hacia el día luminoso, salgo ligera del cine porque me has sonreído al salir.

Desayuno con diamantes

Nunca seré capaz de pasear por la Quinta Avenida sin pensar en Audrey Hepburn inmaculadamente perfecta de negro Givenchy, mirando el escaparate enjoyado de Tiffany´s después de una noche de fiesta como tantas otras. Enormes gafas de sol y un café en vaso de cartón, el resumen de la sofisticación. Y cómo un callejón repleto de cubos de basura podía convertirse en el más acogedor de los rincones cuando Holly Golightly finalmente se rendía a las ataduras del amor abrazada a un gato sin nombre y al escritor sin fortuna bajo la intensa lluvia.

Cuando las luces se encienden me miras con esos cálidos ojos castaños y me preguntas si conozco Nueva York. Tú nunca has estado allí y pareces disfrutar el camino a la salida mientras te cuento mis paseos por Central Park, el bullicio de los teatros, los enormes neones, el cielo invisible más allá de las moles de hormigón o la decepcionante visita a Tiffany´s. Cuando te despides con un "hasta la próxima" despreocupado, pienso en cómo convencerte para tomar un café cuando volvamos a vernos.

Estación Termini

Hoy he llegado antes de tempo, sin ni siquiera haber mirado en el periódico la película que ponen. La puerta está cerrada y las luces apagadas. No hay, ni habrá, más sesiones. En los paneles olvidados de la entrada, Jennifer Jones y Montgomery Clift se abrazan, la americana infiel y su amante italiano, recordando el pasado y decidiendo su futuro en la cafetería de la estación de Roma. El miedo a arriesgarse y perder una rutina gris frente a un nuevo comienzo de futuro incierto, la comodidad frente a la pasión…¿Quién ganó?. No consigo acordarme. Fin de trayecto, fin de una historia.

No sé cómo te llamas ni cómo encontrarte y el puente que nos unía se ha evaporado de repente. Y veo como tu silueta desenfocada por las lágrimas se aleja en un travelling imparable hasta desaparecer.

Fundido en negro...